Mario Campos

Mario Campos

Domingo, 17 Julio 2016 07:09

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alejandra Barrales, ¿salvadora o enterradora?

 

 

 

 

 

 

Mario Campos, 18 de julio de 2016

 

 

 

 

 

 

Alejandra Barrales es la nueva presidenta del PRD. ¿Habría que felicitarla? La duda nace porque los retos que recibe con el nuevo cargo son enormes. De entrada tiene que decidir si quiere esa posición para ser dirigente de todos los perredistas, para hacer campaña hacia el gobierno de la CDMX o si está ahí para llevar a Miguel Ángel Mancera a la candidatura presidencial.

En segundo lugar, Barrales tiene que tener claridad sobre el futuro que ve para el PRD, porque una cosa es ir al 2018 de la mano de Morena y de López Obrador que ya les lanzó un guiño; otra apostar por una alianza con el PAN como empujó su antecesor Agustín Basave; y otra muy distinta creer que con un candidato propio, sea el que sea, puede llegar muy lejos en la batalla presidencial.

Está claro que Barrales por sí misma no podrá definir el rumbo de todo el PRD, es lo normal, más en un partido integrado por grupos de poder como son las tribus; pero al menos se requiere claridad para saber hacia dónde quiere llevarlo en un momento en que el perredismo vive una crisis severa de identidad.

Rebasado por Morena en lo electoral y diluido con una parte del panismo en lo programático, a ciencia cierta no se sabe muy bien qué vende ese partido. Menos si tomamos en cuenta que su principal figura en el gobierno -milite formalmente o no Miguel Ángel Mancera - no tiene la aprobación ni del 20 por ciento de los habitantes que gobierna.

¿Se puede así, en esas condiciones, relanzar una oferta realista para ganar respaldo social? Francamente se ve muy cuesta arriba. Aún así, Barrales puede ayudar a la causa del Sol Azteca si el PRD vuelve a ser oposición del gobierno federal y se vuelve un actor incómodo para el poder; si lanza una cruzada contra la corrupción dentro y fuera de sus filas; si pone los activos que le quedan en el Congreso al servicio de causas ciudadanas; y si logra abrir puertas para que externos, con capital propio, se acerquen al PRD.

Hacer esas tareas se antoja casi imposible pero habrá que ver hasta donde puede y quiere intentar la nueva líder del perredismo nacional.

 

 

 

Domingo, 03 Julio 2016 16:08

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los tres verdugos del PRI

 

 

 

 

 

 

Mario Campos, 4 de julio de 2016

 

 

 

 

 

 

Si queremos entender por qué el PRI genera tanto rechazo en millones de mexicanos, basta con analizar lo hecho por César Duarte, Javier Duarte y Roberto Borge. Los tres, gobernadores salientes de Chihuahua, Veracruz y Quintana Roo, respectivamente, encarnan algunas de las peores prácticas de la desprestigiada política mexicana.

Porque no satisfechos con sus malos gobiernos caracterizados por los escándalos, la insensibilidad social y la corrupción, ahora se han vuelto el ejemplo de cómo un político derrotado busca desesperadamente garantizar su impunidad.

Los Duarte y Borge perdieron la aprobación ciudadana, fueron repudiados en las urnas y ahora temen por su futuro. Por eso los intentos de obtener deuda para tapar sus fallas, la necesidad de aprobar leyes y nombramientos transexenales a modo, y la venganza desde ahora contra quien será su sucesor, con acciones como la donación de la Casa de Gobierno en Veracruz, porque ni eso quieren dejar a quien le seguirá en el cargo.

Los tres se han ganando a pulso un lugar entre los peores gobernantes de México. Pero el daño que producen será todavía mayor. Porque muchas de sus acciones, con la tolerancia del Gobierno Federal, se están convirtiendo en una visión de lo que pudiéramos ver si sale el PRI del Poder en el 2018. Porque en política la falta de condena es una forma de complicidad.

Es muy simple: con un presidente priista en Los Pinos, nadie cree que las maniobras de los gobernadores salientes puedan avanzar sin la tolerancia del Presidente y su partido. No es aceptable ni creíble que el presidente más poderoso que ha tenido México en más de dos décadas – el que encerró a Elba Esther Gordillo, el que capturó dos veces al Chapo Guzmán, el que acotó el poder de actores de telecomunicaciones – ahora salga con que no puede hacer nada para evitar el cochinero de sus gobernadores. El “¿y yo por qué?” que tanto le criticaron a Fox, no vale ahora para el presidente Peña Nieto.

Por eso, si estos personajes no pagan todo lo que han hecho, se convertirán – todavía más – en pesadas cargas para un PRI que en los hechos ha mostrado que no sabe bien a bien qué hacer cuando gana el poder, y que como es evidente, tampoco sabe qué hacer cuando le toca perder.

 

 

 

 

 

 

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Lunes, 06 Junio 2016 10:45

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Adiós, Manlio; hola, Ricardo

 

 

 

 

 

 

Mario Campos, 6 de junio de 2016

 

 

 

 

 

 

La noche del domingo 5 de junio debió haber sido una de las peores en la vida de Manlio Fabio Beltrones. Su partido, que empezó la jornada con nueve gubernaturas, terminó apenas con cinco. Y todavía el resultado es peor si consideramos que fue derrotado en entidades que nunca habían pasado a manos de la oposición como Veracruz, Tamaulipas o Quintana Roo.

Para dimensionar la tragedia tricolor, hasta ayer los priistas gobernaban a 18 millones de electores en las nueve entidades que tenía, después de las derrotas, solo gobernará a 8 millones. Se le fueron 10 millones y entidades clave por su peso electoral (Veracruz) y por su peso económico (Quintana Roo).

¿Dónde quedó la legendaria capacidad de operación del dirigente nacional del PRI? Probablemente sepultada bajo las gestiones de Javier Duarte, César Duarte, Roberto Borge, y claro, Enrique Peña Nieto, porque es innegable que la baja aprobación del Gobierno Federal fue un factor que nada ayudó a los aspirantes del PRI.

En contraste, Ricardo Anaya vivió una noche de ensueño. Primero, porque recuperó un lugar histórico para el panismo como Chihuahua, porque Aguascalientes se pintó de nuevo de azul, porque retuvo Puebla, ganó por primera vez en Durango y Quintana Roo, y sobre todo porque se hizo de la joya de la corona: Veracruz, con todo y sus 5.6 millones de electores empadronados.

Anaya puede presumir que su partido, solo o en alianza con el PRD, tiene ahora siete gubernaturas -mas cuatro que ya tenía- y eso es oxigeno puro. Primero, para él como dirigente partidista. ¿O quién le regateará ahora esos resultados? Pero lo más importante, porque el golpe de imagen es clave para el 2018. Porque ayer fue la última gran escala electoral antes de las próximas elecciones federales. Claro, faltan entidades como el Estado de México, pero ni de chiste pesarán - esa y otras dos más en disputa - como las 12 entidades que estuvieron ayer en juego.

Con los resultados de ayer, Beltrones perdió mucho más que algunas elecciones estatales; y Anaya, ganó mucho más que siete gubernaturas: regresó a su partido a la lucha por la Presidencia y le coloca como el receptor de muchos apoyos que temían un espectacular despegue de López Obrador y Morena, que si bien obtuvieron muy buenos resultados en Ciudad de México, Veracruz, Zacatecas y Oaxaca, no lograron opacar - en términos de percepción y de votos - los triunfos del PAN de Ricardo Anaya.

 

 

 

Domingo, 22 Mayo 2016 16:03

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cochinero

 

 

 

 

 

 

Mario Campos, 23 de mayo de 2016

 

 

 

 

 

 

La democracia mexicana se ha convertido en una lucha en lodo que solo embarra la reputación de quienes participan en ella. Veracruz y Tamaulipas son ejemplos del cochinero. Acusaciones de corrupción, de vínculos con el crimen y hasta de pederastia han salpicado a unos y otros. ¿Pero quién pierde y quién gana?

Pierde la democracia porque después de las guerras de acusaciones el ciudadano percibe que no elige entre buenos y malos, sino entre malos y peores sin poder distinguir quién es quién, y la opinión de muchos es que no hay a quién votar. Pierden las instituciones de justicia, actores que lejos de ser relevantes son tristes espectadores de acusaciones mediáticas que no conducen a nada.

Y pierden también los medios de comunicación que de manera burda se prestan como cajas de resonancia que sólo amplifican las acusaciones, muchas veces sin el rigor de verificar la autenticidad del expediente que alguna mano misteriosa les entregó.

¿Pero quién gana con esto? Ganan los candidatos que tienen estructura y dinero porque mientras menos voto espontáneo hay, más pesan el acarreo y la compra de votos. El escándalo busca desmovilizar.

Ganan también algunos medios y periodistas que durante y después de las elecciones pueden recibir contratos por haber ayudado a los próximos gobernadores; y ganan, aunque no sea la intención de esos estrategas, los outsiders, los Cuauhtémoc Blanco o los Broncos, que ahora o después, podrán capitalizar el desprestigio de los políticos de siempre.

Por eso, cuidado con las estrategias de lodo de quienes quieren que dejemos de participar en política, porque dejar en manos de sus creadores la toma de decisiones solo nos va a dañar. Cuidemos lo que vemos, creemos y compartimos, porque el cochinero nos quiere alejar de la política, quiere que dejemos de pensar y analizar.

No les demos el gusto, no nos dejemos manipular.