Viernes, 10 Febrero 2017 13:41

Amor, poder y pasión política

0
0
0
s2sdefault
En el llamado a resistir a los déspotas del presente se escucha el eco del amor como fuente de cambio En el llamado a resistir a los déspotas del presente se escucha el eco del amor como fuente de cambio Notimex

El tiempo que corre —definido por un horizonte de expectativas en el que las ansiedades del presente parecen presagiar ya los desastres del futuro— es uno en el que el llamado a recuperar lo político se ha convertido en exigencia central de todos aquellos preocupados por el estado que guardan los asuntos públicos en México y el mundo. En el llamado a resistir a los déspotas del presente (o a vindicar el más amplio número de causas posibles) se escucha el eco del amor como fuente de cambio. Así, dilucidar el vínculo entre el amor, el poder y la pasión política parece ser una de las tareas centrales de nuestro momento histórico.

“Fuera de la guerra —señala Slavoj Žižek en una de tantas conferencias—, prácticamente no puedo imaginar una experiencia más violenta en la vida diaria que aquella del amor”. Se trata, en efecto de un estado de emergencia: un momento de excepción que suspende la rutina de nuestra existencia y que convierte el azar del encuentro con quien antes era un desconocido en la determinación de construir un lazo perdurable —lo fortuito convertido en azar-objetivo, como lo quiso André Breton; la mirada de dos que se hace cómplice frente al encuentro con la realidad, como lo quiso, también, Octavio Paz; el mundo interior que se revela sin condiciones a quien se ama, como lo demostró Paul Auster en las cartas que escribió desde París a esa novia que después sería su compañera de vida. Los peligros de ese vértigo son reales; por eso pocos se atreven a beber del cáliz del amor, el cual siempre es el privilegio de los espíritus más osados.

En contraste, las pasiones que surgen en el seno de una comunidad humana, cualquiera que esta sea, reclaman de una lógica distinta: la lógica de lo político, en la que la violencia juega un papel central. Si el amor existe en este ámbito, concluye Žižek, es como una expresión de solidaridad frente a la lucha que los grupos más diversos libran frente a adversarios concretos. Precisamente, es un viejo amigo de Žižek, Alain Badiou, quien (en una breve obra titulada Elogio del Amor) da claridad a esta afirmación al señalar que la pasión política no debe ser confundida con el amor: “El problema que la política confronta es el del control de odio, no del amor. Y el odio es una pasión que casi inevitablemente supone la cuestión del enemigo.” En una proposición que parece hacer eco del pensamiento de Carl Schmitt, Badiou concluye que un desafío central del quehacer político en el mundo contemporáneo es otorgar una definición precisa y limitada del enemigo.

Badiou, desde luego, no es el primero en advertir esta tensión entre la lógica de la acción política y las exigencias del amor, entendido como un motor de solidaridad universal. “Quien busque la salvación de su alma y la de otros —escribió Max Weber en enero de 1919— no la busque a través de la política, ya que la política enfrenta tareas muy distintas, tareas que sólo pueden ser alcanzadas con el uso de la fuerza. El genio, o el demonio, de la política vive en una tensión interna con el Dios del amor”. Las últimas semanas nos han visto elogiar (o censurar) una ola de activismo global que ha movilizado a miles de personas dispuestas a manifestar sus convicciones en las calles de nuestras grandes ciudades. Su pasión es encomiable, pero esas manifestaciones se reducirán a un espectáculo pasajero si, en cada sociedad, la expresión de la convicción no es acompañada por un proceso que transforme las pasiones de la calle en un programa político alcanzable.

Concluyo citando la enérgica reflexión realizada por Micha White tras la Marcha de las Mujeres: “El único modo de alcanzar la soberanía —la autoridad suprema sobre el funcionamiento de nuestro gobierno— es usar la protesta social para ganar elecciones o ganar guerras. Podemos marchar a las urnas o al campo de batalla; pero no hay una tercera opción.” Decidir qué camino es el más pertinente para cada sociedad es, como lo señaló Weber hace ya casi un siglo, el ejercicio supremo de la responsabilidad política.

Alexis Herrera es analista en materia de seguridad internacional egresado de The Fletcher School, Tufts University. Actualmente cursa estudios de doctorado en el Departamento de Guerra de King’s College London. @alexis_herreram

Visto 245 veces

Información adicional

  • Deja un comentario:

    Deja un comentario