Viernes, 03 Marzo 2017 11:11

México con Centroamérica

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Con las naciones de esa región deberíamos conducirnos del mismo modo con el que esperamos que EUA se conduzca con nosotros Con las naciones de esa región deberíamos conducirnos del mismo modo con el que esperamos que EUA se conduzca con nosotros Fernando Carranza García / Cuartoscuro

Por: Alexis Herrera

No se equivoca el economista Gerardo Esquivel cuando, en una reflexión de reciente publicación, señala que el diagnóstico de nuestro Canciller con respecto a Centroamérica parte de supuestos equivocados. Uno, entre todos ellos, es el más notorio: que —para congraciarse con Estados Unidos— México debe seguir representando el papel de un gendarme regional dispuesto a contener los flujos migratorios en nuestra frontera con Guatemala. Se trata, por lo demás, de un razonamiento que es compartido por los círculos de opinión en Washington: quienes en Estados Unidos se oponen a que la administración Trump siga un curso de confrontación con México afirman que esto sería un error debido a que, hasta ahora, nuestro país ha servido como un valioso “punto de contención” de la migración procedente de Centroamérica —piénsese, por ejemplo, en la lógica de este artículo, publicado hace apenas quince días en The Boston Globe, o en el papel que Hal Brands y Colin H. Kahl le asignan a México en el marco de otra pieza de análisis sobre la que ya se habló en este espacio.

La Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) ha dado cuenta ya, en un informe publicado en septiembre del año pasado, de los alcances y consecuencias de la política seguida por México con relación a Centroamérica. El título del documento habla por sí mismo: “Un camino de impunidad: Miles de migrantes en tránsito enfrentan abusos y medidas severas en México”. International Crisis Group ha llegado, por su parte, a conclusiones similares: en los últimos años se ha configurado en nuestra frontera sur una crisis humanitaria que se alimenta de los vínculos entre la corrupción, la impunidad y el crimen organizado. Así, tampoco se equivoca el periodista español Jacobo García cuando afirma que el muro empieza en el sur.

En los días previos a la toma de posesión de Donald J. Trump, un reconocido académico guatemalteco publicó una columna titulada “Toda Centroamérica es México”. ¿Podría México hacer una afirmación semejante al referirse a Centroamérica? Lo encuentro, por ahora, dudoso. Con relación a los países del Triángulo Norte, nuestros vecinos inmediatos en la región, los mexicanos hemos mantenido, en términos generales, una actitud semejante a la que solemos reprobar en los Estados Unidos. Pero lo que censuramos con relación a ese último país —la indiferencia, el franco desconocimiento, la falta de sensibilidad, o el abierto racismo — nunca, o pocas veces, es criticado con relación a nuestras propias actitudes frente a Centroamérica.

Todo esto milita, como es de esperarse, en contra del interés nacional de México. No es posible defender con congruencia a nuestra comunidad migrante en los Estados Unidos negándole a otros lo que reclamamos para los nuestros. Sucede, además, que México es, también, un país centroamericano. La verdad de esta aseveración —que acaso resultará incómoda para algunos— es confirmada por un hecho geográfico, que es también la expresión de un imaginario en reinvención constante: Tehuantepec como punto de partida de un Istmo Centroamericano que termina en el valle del río Atrato —verdadero sendero geopolítico en el que México bien podría dotar de contenido estratégico a la gastada tesis de que el nuestro es un país de “pertenencias múltiples”.

México cometería un error grave sin en el cálculo de sus intereses priva la racionalidad técnica en detrimento de enseñanzas que derivan de su experiencia histórica. Apenas en 2013, la Cancillería mexicana se convirtió en lugar de encuentro para conmemorar, a treinta años de distancia, los esfuerzos del Grupo de Contadora, iniciativa político-diplomática que sentó las bases para poner fin a las cruentas guerras civiles que vivieron Nicaragua, El Salvador y Guatemala durante las décadas de 1970 y 1980. Fue en el marco de es grave crisis regional, alimentada por el juego de las superpotencias de la Guerra Fría, cuando México entendió que sólo trabajando con otros estados de la región podría generar un poder de influencia real para limitar ese juego.

En mayo de 1979 México decidió respaldar abiertamente el proceso revolucionario vivido en Nicaragua, desconociendo al régimen dictatorial que imperaba en dicho país. Posteriormente, en septiembre de 1981, la declaración franco-mexicana por la que se reconoció a los beligerantes de El Salvador abrió una vía de esperanza para una solución negociada al conflicto armado en aquél país. Pero México no trabajó sólo de la mano de Francia; su acción fue concertada —por la vía de diversas iniciativas bilaterales y multilaterales— con países como Costa Rica, Panamá y Venezuela, para sumar posteriormente, entre otros, a Brasil, Colombia, Perú y Uruguay. Bernardo Sepúlveda resume bien el espíritu de la época y, sobre todo, su significación estratégica: “Fueron tiempos en que, a la luz de las circunstancias adversas, la imaginación y la inventiva cobraron por fuerza un lugar predominante”.

Hoy las circunstancias son distintas: la crisis humanitaria que han vivido en los últimos años los migrantes centroamericanos en nuestro país es el resultado de fenómenos que, como la violencia del crimen organizado, son bien conocidos en México. Pero frente a esta realidad, el Gobierno de la República respondió el pasado 23 de febrero con la insensibilidad de quienes miran al norte sin entender la magnitud de los problemas que históricamente hemos compartido con el sur. Avanzar por esa vía es vaciar de contenido las tesis sobre las que descansa la defensa de la dignidad y los derechos de nuestros migrantes para avalar el enfoque coercitivo de la administración Trump. Precisamente por ello, el tono conciliador que adopta frente a Centroamérica el decálogo de política exterior presentado por nuestro Canciller en su última comparecencia frente al Senado de la República no alcanza a salvar esta contradicción.

Existe, sin embargo, un camino alternativo: reconocer que un esfuerzo concertado es necesario para hacer frente a las condiciones de violencia estructural que han motivado el desplazamiento de millones de personas en Centroamérica durante los últimos años. Con las naciones de esa región deberíamos conducirnos del mismo modo con el que esperamos que Estados Unidos se conduzca con nosotros: con la certeza de que nuestros vecinos en el sur cuentan con una voz propia y que con ellos se deben tender lazos perdurables para hacer frente a los desafíos del presente. Caminar con Centroamérica, no en su contra —ese es el ejemplo moral y político que México debe dar al mundo.

Alexis Herrera es analista en materia de seguridad internacional egresado de The Fletcher School, Tufts University. Actualmente se encuentra adscrito al Centro de Gran Estrategia en el Departamento de Estudios de Guerra de King´s College London. @alexis_herreram

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