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Creative Commons Search Civilización y barbarie en el siglo XXI
Vie 21 Abril 2017 15:56

Por: Alexis Herrera

No sin razón, El crepúsculo de la cultura americana es un libro de Morris Berman que ha alcanzado una notoriedad bien merecida en los últimos años. En un punto del inquietante recuento que Berman ofrece en su obra sobre el estado de la vida cultural de los Estados Unidos al término del siglo XX, el lector se encuentra con un pasaje conmovedor: el momento en el que Earl Shorris decide poner en marcha un curso experimental en humanidades para aquellos que en Nueva York nunca hubieran podido acceder a un programa de ese tipo —los habitantes marginados de esa gran ciudad, los solitarios y desposeídos de los que nadie parece ocuparse. La idea, según refiere Berman, le fue sugerida a Shorris por el interno de una prisión cuando ambos reflexionaron sobre el mejor modo de hacer que personas en condiciones de pobreza pudiesen trascender los fenómenos estructurales que suelen minar sus perspectivas de un mejor futuro y sus posibilidades de organización política.

Pocos creyeron entonces en la viabilidad del proyecto propuesto por Shorris. "¿Por qué debían interesarse en pintura del siglo XIV italiano o en las tablas de verdad de la lógica o en la muerte de Sócrates?" Pero quienes se inscribieron al curso, refiere Berman, realmente se interesaron en el potencial de tales preguntas: “Se interesaron por la alegoría de la caverna de Platón, y vieron la educación como una manera de salir. Se preocuparon por la victimización de Sócrates por parte de Atenas. Se maravillaron ante las galerías egipcias en el Metropolitan Museum of Art. Cuando terminaba cada clase, se reunían en grupos afuera, en el frío, y debatían problemas de lógica. Estaban pasmados por el mensaje de la Ética a Nicómaco”. Para la mayoría de ellos el camino posterior fue difícil, pero ese curso cambió definitivamente su modo de mirar el mundo. 

Berman, desde luego, no ha sido el único en advertir que el acceso a la altura cultura no es tanto una frivolidad como una necesidad que da sentido a la vida de los hombres y sus comunidades. En esto la experiencia de Victor D. Hanson también ha ofrecido un recuento elocuente de esta circunstancia: en una obra relativamente reciente el viejo historiador descubre que son sus estudiantes de la Universidad Estatal de California, los hijos de trabajadores agrícolas y la clase trabajadora de los suburbios, quienes saben apreciar con mayor profundidad la tragedia de la condición humana expresada en la obra de Tucídides — ese almirante ateniense que en el siglo V a.C. escribió sobre una guerra que en su tiempo fue considera como “la mayor conmoción que afectó a los griegos y a una parte de los bárbaros, y, por así decirlo, a la mayor parte de la humanidad". (I,1) En la posición de ambos autores no hay concesiones frente a lo políticamente correcto: ambos asumen que la tradición occidental es el patrimonio común de todas las mujeres y los hombres libres.

Frente a los graves problemas del presente, la discusión de estos temas podría parecer secundaria. Pero no es así. La advertencia nos llega por medio de la potente voz de Martha Nussbaum, quien ya desde 2010 hacía eco de una tendencia que sólo se ha acentuado con los años: ansiosas de incrementar el lucro y la prosperidad la gran mayoría de las naciones ha decidido que la educación en las humanidades resulta inútil o innecesaria. “Si esta tendencia continúa —advierte Nussbaum—, las naciones de todo el mundo pronto estarán produciendo generaciones de máquinas útiles, en lugar de ciudadanos completos que puedan pensar por sí mismos, criticar la tradición y entender el significado de los sufrimientos y los logros de otra persona”. 

El inicio de la era Trump, como vanamente se ha dado en llamar al periodo en el que actualmente vivimos, da cuenta de que la tendencia no ha dejado de avanzar desde que Nussbaum escribió esas palabras. Baste el ejemplo del Reino Unido, país en el que supresión del estudio de la historia del arte en los currículos del bachillerato motivó un enérgico pronunciamiento por parte de la Real Academia de Artes. En los propios Estados Unidos la nueva administración Trump pareció derivar un placer muy especial al anunciar, a mediados de marzo de este año, que estaba dispuesta a reducir drásticamente el presupuesto del sector cultural para aumentar los esfuerzos del gasto de defensa de su país. Desafortunadamente, su ejemplo ha sido antecedido por los casos de España y México, países en los que las batallas por los contenidos de la educación pública han sido acompañados por una reducción progresiva de los presupuestos destinados al sector cultural. La batalla es real; lo que en ella está en juego es esa inclinación natural de la condición humana a oscilar entre la civilización y la barbarie. Apenas termino de escribir esto, cuando recuerdo que tal vez en estos momentos alguien ignora que está en camino de salvar al mundo —como lo intuyó alguna vez Borges— por el mero hecho de disponerse a leer un libro o entregarse a la práctica de su arte, cualquiera que este sea.

Alexis Herrera es analista en materia de seguridad internacional egresado de The Fletcher School, Tufts University. Actualmente cursa estudios de doctorado en el Departamento de Guerra de King’s College London. @alexis_herreram