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Donald Trump y su laberinto: ¿Un futuro sin salida?

Jue 18 Mayo 2017 12:25

Por: Daniel Tapia

Un refrán popular subraya que “la primera impresión es la que cuenta”. Si nos apegamos a lo anterior, Donald Trump, durante sus primeros días en la Casa Blanca, nos ha proporcionado evidencias irrefutables de lo que podríamos esperar los años restantes de su gestión. Y la primera impresión, sin duda, no ha sido promisoria.

Durante la campaña presidencial, Trump mostró una imagen sin máscaras. A pesar de su alta propensión a hacer y decir ocurrencias durante la campaña, lo anterior le permitió mostrarse ante muchos como un candidato que podría tener soluciones diferentes a los problemas comunes de los ciudadanos de los Estados Unidos. Trump fortaleció la imagen de un candidato poco convencional al no pertenecer al “establishment” tradicional de Washington y justificó su autoritarismo e intolerancia para convencer a un número importante de electores conservadores acerca de la pertinencia de su liderazgo ante la migración, el terrorismo y la seguridad. 

Trump no ha hecho nada más que replicar lo que realizó durante la campaña: su decisión es la única vía, sin importar si se aplica el nepotismo o la unilateralidad. El poder, de acuerdo con las acciones de Trump, es de quien lo ostenta no de aquellas instituciones que han servido como pilares de la democracia estadounidense.

Durante los primeros 100 días, Trump entendió que la Presidencia de los Estados Unidos significaba un reto mayor al que imaginaba. No obstante, nos demostró que su estilo de liderazgo no cambiaría: el autoritarismo dibujado en el perfil de un tirano. La versión respecto a su patrimonio y sus impuestos, la intolerante decisión de prohibir la entrada a refugiados a territorio estadounidense, sus radicales posturas ante decretos presidenciales relacionados con la planificación familiar y el medio ambiente, fueron muestras claras de que Trump buscaba imponer un sello distinto al de la Administración Obama. La libertad y la verdad han sido dos valores amenazados con insistencia por Trump y su equipo. Medios de comunicación como CNN, Univisión, The New York Times han sido objeto de amenazas y descalificaciones por parte de Trump al cuestionar, acción común y necesaria en el ejercicio periodístico, las primeras políticas de su gobierno. Los primeros días de Trump al frente de la nación que presume de sostener entre sus principios más importantes la verdad, ha acuñado el término de “verdades alternativas” para presentar una realidad distinta a las cifras, estadísticas y evidencia empírica que ha mostrado la “prensa deshonesta”.  

La reciente destitución del Jefe del FBI, James Comey, nos demuestra que a Trump no le importa amenazar los cimientos de la democracia estadounidense. Mantenerlo significaba una piedra incomoda en sus zapatos. El impulso acerca de la legitimidad de las pasadas elecciones, la injerencia de los rusos en la campaña electoral y la relación de Trump con el Gobierno de Putin eran situaciones que empezaban a generar numerosas hipótesis entre la prensa, la clase política, los académicos y la sociedad, nada útiles para tranquilizar el complejo rumbo de los primeros días de su presidencia.  

La reputación de Trump, su ego, imagen, poder e intereses están en vilo. Ante ello, Trump desplazará cualquier obstáculo, aunque lo anterior implique debilitar el balance y la certeza que brindan las instituciones en cualquier democracia. Bien lo resumía Bassets, Trump sabe poco de política y de leyes, pero sabe aplicar una política y una ley vigente en su liderazgo: lo que importa es la regla de uno y no la regla de todos.

Hoy Trump empieza a padecer muy temprano un dilema sistémico que ha sido identificado por Jeffrey Tulis, autor del libro “La Presidencia Retórica Revisada”: el mismo poder que parece requerirse para efectuar cambios, hace más probables las crisis de confianza; el mismo poder que promete una administración más llena de energía, hace más probable la mutabilidad de la ley; el mismo poder que pone en manos del pueblo las decisiones de gobierno, hace más probable la decadencia de la efectividad política.

Aún me parece improbable que se concrete la hipótesis que subraya que Trump no terminará sus cuatro años. Un país tan dividido actualmente como los Estados Unidos no se permitiría, desde mi óptica, poner en juego su estabilidad interna y su rol como actor clave a nivel internacional en el corto plazo. No obstante, dentro de dos años habrá elecciones legislativas y los efectos de éste proceso podrían dilucidarse con mayor claridad en el mediano plazo. 

El rumbo que tome la investigación acerca de la relación de Trump y Rusia, las consecuencias de sus irracionales decisiones y las próximas elecciones legislativas permitirán apreciar si el laberinto en el que actualmente se encuentra Trump tiene una salida o no.

Daniel Tapia Quintana es Maestro en Política Educativa por la Universidad de Harvard. Asimismo, cuenta con estudios en matemáticas en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y relaciones internacionales en la Universidad de las Américas –Puebla (UDLAP). Cuenta con 15 años de experiencia en diseño, análisis y evaluación de políticas públicas. Actualmente es Director General de GC Genera, empresa de consultoría en políticas públicas. Forma parte del Consejo Consultivo de Kybernus A.C. desde 2016.