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A propósito del TLCAN: una mirada de largo aliento

Vie 11 Agosto 2017 12:14

Por: Alexis Herrera

El próximo 16 de agosto iniciará la primera ronda de negociaciones que debe conducir a la reformulación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El gobierno de México ha dado a conocer ya los objetivos que espera alcanzar durante dicho proceso, nombrando además a un equipo de funcionarios reconocido no sólo por su probidad, sino por una trayectoria que garantiza su dominio técnico de las disciplinas y los temas que serán objeto de revisión durante las distintas fases del proceso de negociación.

A nadie escapa la trascendencia de este proceso de renegociación. No es exagerado decir que de sus resultados dependerá en gran medida el futuro de América del Norte, esa elusiva región del mundo definida históricamente por las asimetrías de poder que separan a sus integrantes. Sin embargo, suele omitirse el hecho de que la revisión del tratado difícilmente hubiera tenido lugar de haber sido otro el escenario político en los Estados Unidos tras la jornada electoral del 8 de noviembre de 2016. Apenas en 2014 —precisamente cuando se cumplían dos décadas de la entrada en vigor del TLCAN— quienes entonces eran los responsables de la política exterior de México y Estados Unidos señalaron enfáticamente que no sería necesario “reabrir” dicho instrumento, toda vez que la región pronto disfrutaría de los beneficios derivados del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Como es sabido, la administración Trump puso punto final a esa expectativa, fracturando además la apuesta geopolítica de los Estados Unidos en Asia-Pacífico. 

Así, aunque muchas voces han destacado la relevancia inmediata de este proceso de negociación, pocas han advertido el hecho de que la idea misma de someter a revisión el tratado es el fruto de decisiones de coyuntura que parecen prestar poca atención a las transformaciones del paisaje estratégico global. Tampoco es menor el hecho de que en México —como lo ha sugerido oportunamente Jorge Castañeda— el calendario de negociaciones responda a necesidades políticas inmediatas que pueden minar el alcance de propósitos más trascendentes. Por lo demás, el gobierno de la República se lanzado al proceso de negociación sin tomar en cuenta el hecho de que, como apunta Alejandro Gonzáles Ormerod, el TLCAN siempre ha tenido en México un efecto polarizador que parece poner en entredicho la tesis de que existe un consenso nacional con respecto al alcance de sus beneficios sociales y económicos.

Y todo esto sucede precisamente cuando esas transformaciones globales tienen lugar frente a nuestros ojos. El cambio más evidente está teniendo lugar en los Estados Unidos de América, país que a lo largo de este año ha vivido la erosión de su autoridad como garante del orden mundial de la posguerra de la mano de las erráticas iniciativas de la administración Trump. Siguiendo a John Ikenberry, el profesor Marcus Kristensen apuntaba hace apenas un mes que el progresivo desmantelamiento de la hegemonía estadounidense no ha llegado del exterior, sino del lugar más inesperado: la Oficina Oval de la Casa Blanca. 

De ahí también la incertidumbre frente a lo que podrá suceder en los próximos meses con relación a la renegociación del TLCAN: aun cuando las delegaciones de los tres países estén integradas por negociadores profesionales, el resultado estará condicionado por el comportamiento del presidente de los Estados Unidos, un actor que en última instancia resulta impredecible. Quienes sugieren que México cuenta con una ventaja en virtud de la cercanía que existe entre Jared Kushner y el titular de la cartera de Relaciones Exteriores de nuestro país harían bien en reflexionar sobre la solidez futura de ese vínculo, especialmente a la luz de la presunta implicación del primero en los esfuerzos de Rusia por interferir  en el proceso electoral estadounidense durante la segunda mitad de 2016.

Como quiera que sea, lo cierto es que México no ha sido indolente en los últimos años al momento de defender sus intereses comerciales en el mundo. La conformación de la Alianza del Pacífico, de la que nuestro país forma parte desde junio de 2012, da cuenta de este hecho. Pero si México se ha movilizado en los últimos años con solvencia para promover sus intereses geoeconómicos, el panorama resulta menos halagüeño en materia geopolítica. ¿Están conscientes los negociadores mexicanos, al igual que los funcionarios que orientan la marcha de nuestra política exterior, de que nuestra apuesta en Asia-Pacífico será condicionada cada vez más por el papel que China espera asumir en la arena internacional del siglo XXI? ¿Cuál será, por otro lado, la posición de México frente a un liderazgo estadounidense cada vez menos capaz de garantizar la estabilidad de un orden mundial que se encuentra, sino en descomposición, si en un franco proceso de reconfiguración? 

Todas estas preguntas se proyectan hacia el futuro. Es de justicia que sean motivo de inquietud. “Aunque a los economistas les cueste entenderlo —señaló Federico Steinberg un día después de la conclusión del proceso de negociaciones del ahora extinto TPP— la política comercial es más política exterior que política económica”. Dada la coyuntura actual, México no puede tomarse a la ligera esta afirmación. Ayuno de una narrativa que le permita entender la complejidad del juego geopolítico en el que se inserta la renegociación del TLCAN, el país no debe perder esta oportunidad para reimaginar su lugar en el mundo.

Signo de los tiempos que corren: apenas término de escribir estas líneas cuando la atención del mundo se vuelca –una vez más— a la península de Corea, escenario de un diferendo que tiene el potencial de poner a prueba la solidez de los lazos estratégicos que Estados Unidos ha construido con otras democracias en la cuenca del Pacífico.

Alexis Herrera es analista en materia de seguridad internacional por The Fletcher School of Law and Diplomacy. Actualmente forma parte del Centro de Gran Estrategia del Departamento de Estudios de Guerra de King’s College London. 

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