Gobierno Federal
sismo1200_notas12280917.jpg
Cuartoscuro

Reconstrucción, restauración y revolución a un mes del sismo

Sáb 21 Octubre 2017 07:05

Por: Alexis Herrera

Ha transcurrido ya un mes desde el momento en el que un gran sismo sacudió la conciencia de la nación, poniendo a prueba todas nuestras certezas y recordando, además, la fragilidad de nuestra existencia individual y colectiva. Pero si el sismo nos ha sacudido, no es sólo por esa circunstancia; sino porque ha revelado que el fulgor abstracto de la patria —al cual se refirió algún día uno de nuestros poetas más eminentes— tiene un reflejo concreto y generoso en la solidaria entrega de todos aquellos que pusieron cerco a la muerte en las horas, días y semanas que han transcurrido desde el inicio de esta emergencia nacional. 

Principio por decir que las pasiones que despierta una emergencia como la que hemos vivido durante el último mes suelen ser fugaces y ello debe obligarnos a la reflexión y a la cautela. Nadie duda, por cierto, de su espontaneidad o de su valor. Como escribió oportunamente Emiliano Monge, la solidaridad surgió de una certeza que se hizo patente en los minutos que siguieron al desenlace del sismo: “El saber, el estar todos convencidos, de que afuera no estábamos todos”. De ahí la actividad incansable de los cientos, acaso miles, de brigadistas y voluntarios que se entregaron inmediatamente a la ardua labor de salvar vidas para rescatar así la esperanza de entre los escombros. De ahí también el puño en alto, mismo que Luis Villoro describió claramente al señalar que no se trataba tanto de un gesto de poder (como en tantas otras ocasiones), sino de uno de escucha, “de atención por quien necesita ser socorrido”. Por su parte, Alejandro Hope esbozó desde muy temprano una agenda que bien puede servir como guía inicial para nuestras acciones.

Sobre todo esto las voces más eminentes del país han escrito ya incansablemente: no repetiré aquí lo que las mujeres y los hombres más lúcidos de México han dicho sobre el tema. Más importante es pensar en el desafío que se nos viene encima: el de definir con un alto sentido de responsabilidad histórica la dirección que debe adoptar la agenda de reconstrucción nacional durante los próximos años. 

Reconstrucción, restauración y revolución: en búsqueda del punto medio

De entre el conjunto de reflexiones con las que Octavio Paz ponderó la magnitud de la tragedia vivida en 1985, destacan unas palabras portentosas: “La religión, el pensamiento, el arte y la acción son nuestra respuesta a la universalidad del mal y de la pena”. Pertinentes entonces como ahora, esas palabras deberían llamar nuestra atención con relación al nexo que debe existir entre el pensamiento y la acción; entre las ideas de cambio —cualesquiera que estas sean— y los programas políticamente realizables en el aquí y el ahora. 

Muchos han querido ver en las corrientes de solidaridad vividas durante las últimas semanas el rumor de algo más grande: un deseo de cambio radical y profundo en los asuntos de la vida pública mexicana. Algunos, los más audaces, hablan incluso de la necesidad de generar un momento revolucionario en México.  A este respecto, valdría la pena recordar lo que Jacques Barzun escribió sobre el tema hace ya más de una década: que una revolución, cuando es genuina, supone un cambio violento en la distribución del poder y la propiedad en nombre de una idea. Pero, ¿tenemos acaso en México ideas claras sobre el futuro que deseamos alcanzar? Apelar al cambio social y político es sencillo; menos claro es señalar el camino, las responsabilidades o el programa que dicho impulso renovador habría de seguir en un futuro. Por último, acaso también sería pertinente traer a cuento lo que Micha White escribió sobre este tema en otro contexto: el camino de la revolución, que supone necesariamente la conquista del poder, transita necesariamente por la vía de las armas o por la vía de las urnas. Fuera de esas dos vías no hay puntos intermedios —quien así lo crea es, en la clásica expresión weberiana, un infante político. 

Resta ponderar, sin embargo, el valor de dos ideas en las que acaso podría encontrarse el motor de cambio que necesitaremos en el futuro. La primera de ellas es la noción de reconstrucción; la segunda, la de restauración.

Los arquitectos agrupados bajo la bandera de ReConstruir México lo han apuntado ya: demoler para construir de nuevo no puede ser una solución. “Se pierde todo lo que se pudiera rescatar”. Lo mismo ha dicho Francisco Toledo cuando señala que el llamado a reconstruir Juchitán puede ser una oportunidad para volver a la arquitectura vernácula de la región. La clave está en trabajar con la gente y no en su contra. Frente a esta alternativa (que es humana, inteligente y sensata) se presenta la que querrían quienes en gran medida han sido responsables de nuestra última tragedia: la de demoler y construir de nuevo para repetir así los ciclos de opacidad, especulación y corrupción que nos condujeron a ese escenario. Seguir ese curso de acción sería tanto como permitir que nuestro entorno urbano se parezca cada día más a eso que Alejandro Hernández Gálvez ha definido —siguiendo a Saskia Sassen— como la simulación de la ciudad o la no-ciudad: un paisaje urbano vaciado de contenido político y comunitario, reducido a una infinita sucesión de centros comerciales y corporativos. 

En contraste, la idea de reconstrucción oficia como metáfora de lo político: la comunidad nacional ya estaba fracturada desde hace tiempo. Durante la última década, el demonio de la violencia ha hecho patente esa fractura, pero el sismo se ha convertido en una caja de resonancia que nos ha hecho ver la imperiosa necesidad de no postergar aún más la transformación de este país para bien. De modo más concreto, Federico Reyes Heroles apunta: “La reconstrucción va más allá de los tabiques, las varillas y el cemento. Hay una reconstrucción emocional para que los mexicanos crean en los logros de México, que los hay y muchos”. Y yo agregaría: hay una reconstrucción política que ahora resulta impostergable.

La segunda idea —la que hace referencia al concepto de restauración— no es menos poderosa. El primer llamado con relación a este tema lo tuvimos al constatar la gravedad de los daños y afectaciones que causó el sismo en el patrimonio cultural y artístico de nuestra patria. Pronto lo descubrimos: el derrumbe de nuestros templos, palacios y torres abandonó las estrofas del Himno Nacional para convertirse en un componente más de esta emergencia nacional. Al temprano llamado realizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia para identificar aquellos monumentos que resultaron afectados pronto se unieron otras voces públicas y privadas, pero no es difícil entender que la significación de ese llamado rebasa el ámbito de lo material para ingresar en el de lo moral y lo político: restaurar, de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia es recuperar o recobrar, “renovar o volver a poner algo en el estado o estimación que antes tenía”. 

En política, las restauraciones suelen ser ominosas: vuelta al antiguo régimen o al sistema de privilegios del pasado. Precisamente por ello, los llamados a reducir la pluralidad política de México o sus espacios de representación pública deben ser condenados. Tal ha sido, en efecto, el sentido de la última controversia entre el presidente del Partido Revolucionario Institucional y el grupo de analistas que durante varios años encontró un foro de expresión el espacio radiofónico encabezado hasta hace unas semanas por Leonardo Curzio. Para nadie es un secreto, creo, el señalar a cuál de estos contendientes le asiste la verdad histórica, la congruencia intelectual y la integridad moral. Frente a tales iniciativas, que dan cuenta de la parvedad de nuestra clase política, será necesario oponer otras, especialmente para insistir que el programa de reconstrucción nacional que México demanda es, también, un programa de restauración y recuperación de aquello que se ha perdido o lo que está a punto de perderse: el honor de la República, el crédito público de sus instituciones, la posibilidad de una vida en común genuinamente democrática. 

Una emergencia genuinamente nacional —cuestión de escalas y dimensiones

Sólo el paso de los días nos ha permitido cobrar conciencia de la magnitud de lo acontecido. Vale la pena regresar a la rigurosa evaluación ofrecida por el Grupo de Sismología e Ingeniería de la UNAM. En ella, al igual que en el inteligente artículo redactado por Cinna Lomnitz hace ya doce años,  se dejó en claro que las visiones estáticas de la realidad —sea esta social, geológica o humana— de nada sirven para hacer frente a fenómenos que son de suyo dinámicos. Así, si el último sismo nos ha sorprendido es porque nuestro horizonte de expectativas con relación a esta clase de fenómenos estaba definido por lo acontecido en 1985. Una vez más hay que decirlo: las razones de nuestra vulnerabilidad —social, política e internacional— se encuentran en la existencia de una pobrísima cultura estratégica que confía en las rígidas abstracciones de los reglamentos y desdeña la cambiante realidad del mundo y de los hombres, siempre prontos a burlar el cumplimiento de la ley en pos de sus intereses. 

Y hay que recordarlo: una vez más hemos visto el terrible espectáculo de las trabajadoras muertas bajo los escombros —lo sucedido en las calles de Bolívar y Chimalpopoca—, mudo testimonio de la violencia estructural que siempre ha tendido su cerco sobre el precario modo de existencia de miles de mujeres en nuestro país. Una vez más hemos visto, con el paso de los días y las semanas, el desamparo de barrios y poblaciones enteras: Atlixco, Jalatlaco, Jojutla, por citar sólo algunos nombres que deben permanecer en nuestra memoria si realmente queremos mantener encendida la llama de la solidaridad. Y en el corazón de la Ciudad de México, no hay que olvidarlo, los habitantes de Iztapalapa, San Gregorio Atlapulco, Tláhuac y Tlatelolco, al igual que los de muchos otros barrios y localidades, dan cuenta del hecho más atroz de todos: el progresivo abandono de quienes lo han perdido todo tras este sismo. ¿En dónde están las responsabilidades y las respuestas? 

Por lo demás, la ola de solidaridad vivida en la Ciudad de México, no debe cegarnos ante la compleja realidad de un país que no es menos grande que la muy insigne ciudad que le ha dado su nombre. Esto es así debido a que la tragedia nos ha revelado, una vez más, la dinámica pluralidad de México y la persistencia de aquellos fenómenos estructurales que históricamente han militado en contra de su desarrollo. Las ricas provincias que fueron castigadas por los sismos que tuvieron lugar entre el 7 y el 19 de septiembre tendrán que jugar un papel central en los esfuerzos de reconstrucción, especialmente si queremos que tales esfuerzos merezcan realmente el título de nacionales. 

Me explico: al decir que Chiapas, Guerrero y Morelos, al igual que Oaxaca, Puebla y Tlaxcala, son entidades ricas tengo en mente no tanto la prosperidad material de cada una de ellas, sino la riqueza cultural que históricamente ha sido el sustento de sus comunidades. De ahí el contraste dramático con las precarias condiciones de vida de la mayoría de sus habitantes y la indolencia de una clase política local que, en términos generales, no ha sabido comportarse a la altura del momento histórico —si en 1985 uno de los problemas centrales de nuestra vida política era el centralismo, en nuestros días en cambio lo es el de corrupción al nivel local; es decir el mal gobierno. 

A modo de conclusión: hacia un nuevo horizonte de expectativas

Los desastres anuncian el cambio. “En el cielo hay mudanza”, escribió Borges alguna vez, señalando que los prodigios que tienen lugar en el cielo —al igual que aquellos que siembran el desconcierto sobre la tierra— anuncian el final de las dinastías; el ascenso y caída de las civilizaciones, la marea del cambio. Como lo ha sugerido Isaura Leonardo en una inteligente reflexión sobre este tema, el desastre que llegó con el sismo del 19 de septiembre abrió un tiempo de excepción que propició la solidaridad espontánea, el retorno a la comunidad y la suspensión de lo cotidiano. 

Sin embargo, es muy probable —como lo apunta la propia Leonardo en su artículo— que el tiempo de excepción pronto se desvanezca para dar paso a un retorno hacia el tiempo ordinario. Una razón poderosa apunta hacia esta tendencia: la persistencia de las condiciones de desigualdad y violencia estructural que vulneran la vida de los habitantes de la Ciudad de México y, para el caso, la de millones de personas a lo largo y ancho del territorio nacional. 

Con todo, es necesario decir que el sismo ha alterado, irremediablemente, nuestro espacio de experiencia. Durante días se ha hablado, por ejemplo, de esas miles de mujeres y hombres jóvenes que salieron a recorrer las calles y los caminos de la ciudad para prestar sus manos, su determinación y su inteligencia a la más desinteresada de las causas. Sin saberlo, fueron ellas y ellos quienes hicieron posible el renacer de la esperanza. A estos jóvenes se refirió ya hace años el poeta Miguel Guardia cuando escribió que el héroe verdadero “lleva en las sienes una corona de espigas / y en el pecho un corazón de pan tranquilo y vigoroso”. 

En contraste, esta emergencia ha confirmado que nuestros gobernantes han sido culpables, una vez más, de no saber leer a su país. Como lo ha señalado con lucidez Alberto Ruy Sánchez, si esto es así es porque en los años previos esa misma clase política ha desdeñado la compleja realidad social, histórica y cultural del país, cerrando así las puertas a la posibilidad de construir un vocabulario propio para hacerlo. Así, conviene recordar ahora lo que Roger Bartra escribió sobre este tema hace ya algunos años: el futuro que nuestra clase política imagina para México está anclado en el pasado autoritario del país o, en todo caso, en programas políticos —situados a la izquierda o la derecha del espectro político— de difícil o imposible cumplimiento; especialmente porque estos no corresponden a un mismo tiempo histórico o a una misma interpretación de la realidad del país. 

Frente a ese futuro, que el sismo ha dejado definitivamente en el pasado, se abre otro horizonte de expectativas: el que podrán plantear los ciudadanos dispuestos a hacer política durante los próximos años. Mauricio Merino ha señalado que la reconstrucción es una oportunidad para la democracia; otros notables también han hecho un llamado a la acción concertada en esta materia, aunque habrá que cuidar que esos esfuerzos no reproduzcan la lógica estamental de la realidad social mexicana. En cualquier caso, el sismo cambió nuestro espacio de experiencia, pues nos recordó que la solidaridad es la base de la vida en común. Cambió, también (e irremediablemente) nuestro horizonte de expectativas: ahora pensamos que el futuro no es sólo un sordo huracán de sombras y que existe la esperanza. Emiliano Monge lo dijo de un modo mejor: “un movimiento subterráneo, intangible y poderoso nos ha puesto encima de una misma ola”. Se abre así un momento de oportunidad —es decir, un momento que abre las puertas al arte de la innovación política, en el modo en el que la hubiera entendido Nicolás Maquiavelo. ¿Sabremos aprovecharlo con un alto sentido de propósito y responsabilidad política? 

Alexis Herrera es analista en materia de seguridad internacional por The Fletcher School of Law and Diplomacy. Actualmente forma parte del Centro de Gran Estrategia del Departamento de Estudios de Guerra de King’s College London.