Metropolitano
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El derecho a la ciudad… ¿Derecho u obligación?
Mié 07 Febrero 2018 14:21

Por Marcela Brown

'El que no hace algo por la ciudad en que vive, no merece vivir en ella’, una frase que hace varias décadas atrás fue pronunciada por el presidente John F. Kennedy, considerado como uno de los líderes más importantes para Estados Unidos, y que tal vez si hoy en día fuera aplicada, nos pondría a pensar - y a temblar - a muchos ciudadanos, acerca de si realmente merecemos, o no, habitar nuestras urbes.  

Actualmente la mitad de la población vivimos en ciudades. De acuerdo a las previsiones y datos de ONU Habitat, para el año 2050 la tasa de urbanización en el mundo llegará al 65%, lo cual significa que más de 4,800 millones de habitantes estarán establecidos en una ciudad. Por este motivo, en el 2004 el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat) recuperó el concepto ‘Derecho a la ciudad’, que el francés Henri Lefebvre escribió en 1968 para denunciar las consecuencias negativas y los retos en las urbes, con la finalidad de redactar la Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad.

Esta, recoge los compromisos y medidas que deben ser asumidos por la sociedad civil, los gobiernos locales y nacionales, parlamentarios y organismos internacionales para que todas las personas podamos vivir con dignidad en nuestras ciudades. Y los enumera a manera de reglamento, en tres partes conformadas por diversos artículos que describen las acciones para fortalecer los procesos, reivindicaciones y luchas urbanas.

En ellos se encuentran contemplados en tres ejes fundamentales en los que la Carta basa su propuesta: el ejercicio pleno de la ciudadanía, es decir, que se aseguren todos los derechos humanos para refrendar el bienestar colectivo de los habitantes y la producción/gestión social del hábitat; la gestión democrática de la ciudad mediante la participación directa de la sociedad; y la función social de la propiedad y la ciudad, donde predomine el bien común sobre el derecho individual.

En la Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad podemos percibir que están recolectados los retos a los que nos enfrentamos día a día, vistos desde distintos principios que defienden la existencia de mejores gestiones de las urbes, a las que también se adjudica una función social con la finalidad de que todos los habitantes puedan beneficiarse, pero, sobre todo participar.

El rescate del concepto que hace menos de un siglo Lefebvre describió, tenía y tiene la finalidad de que la gente vuelva a ser dueña de la ciudad, ya que toma al hombre como protagonista de la misma y le regresa la jerarquía que supuestamente el capitalismo le quitó, convirtiéndolo en el principal actor de la construcción de una vida colectiva que posibilite el “buen vivir” de todos.

Por ello, el Derecho a la Ciudad no es otra cosa más que el derecho de toda persona a crear ciudades que respondan a las necesidades humanas, puesto que este no consiste simplemente en exigir y aceptar lo que ya está en la ciudad, sino que también considera la oportunidad que tenemos todos de transformar nuestras urbes en algo radicalmente distinto, en caso de ser necesario. 

De ahí que su contenido cobre más importancia si cabe en el contexto actual de crisis, razón por lo cual se plantea que a través de un ejercicio pleno de la ciudadanía y con el compromiso social del sector privado, -así como con una gestión pública democrática- pueda lograrse una mejor planificación y gestión social de la ciudad, donde existan la libertad, integridad y se elimine discriminación alguna.

Si nos basamos en la constatación de que actualmente se han creado ‘ciudades sin ciudadanos’, el derecho a la ciudad es el estandarte de lucha de estos mismos a quienes les han quitado el mérito a tener un espacio digno para desarrollarse. Este se ha convertido en la búsqueda de soluciones contra los efectos negativos de la globalización, la privatización, la escasez de los recursos naturales, el aumento de la pobreza mundial, la fragilidad ambiental y sus consecuencias para la supervivencia de la humanidad y del planeta, lo cual implica cambios estructurales profundos en los patrones de producción, consumo y sobretodo en las formas de apropiación del territorio y los recursos naturales.

Esta propuesta afirma que los principales actores de dicho proceso no son las estructuras políticas tradicionales del estado, ni los partidos políticos, sino los movimientos sociales. De esa forma el derecho a la ciudad se vuelve una respuesta estratégica, un paradigma frente a la exclusión social y a la segregación espacial generadas por el neoliberalismo. Se torna una reivindicación para que la gente sea quien construya una mejor vida comunitaria.

Y si ya nos dan la pauta para que podamos vivir mejor ¿Por qué nuestras ciudades no lo reflejan? 

No. No tiene que ver únicamente con las malas administraciones a las que nos enfrentamos, pues, aunque los políticos y quienes nos representan y lideran también son responsables de ello, esto tiene que ver con lo que estamos haciendo todos al respecto. 

Si bien, la propuesta de la Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad nos plantea que merecemos una vida digna y un lugar mejor parar vivir, también nos hace parte del proceso y nos responsabiliza de que la meta principal sea alcanzada: el bien común.

Sin la participación de todos, difícilmente podremos alcanzar los objetivos que se planteen para tener mejores ciudades. 

Dejemos entonces de pensar en soluciones mágicas o en políticos iluminados que solucionen los grandes problemas. Todos somos parte de la solución.

Marcela Brown: Licenciada en Arquitectura y estudiante de la Licenciatura en Gestión Territorial. Cuenta con experiencia en Planificación Urbana, Desarrollo Urbano y Territorial, así como Responsabilidad Social. Fue Presidente de la Unidad Especializada de AIESEC en Los Mochis, Sinaloa, organización de jóvenes más grande a nivel global respaldada por la ONU y la UNESCO. Actualmente dirige Jane’s Walk en Ciudad Victoria, Tamaulipas, organización peatonal a nivel mundial y Responsable de Formación del Colectivo Kybernus Tamaulipas.