Palacio Nacional fue arrasado por una multitud en 1692: motín por escasez de alimentos

Metropolitano

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Foto: Corsham Court Collection, Wiltshire

Aquiles Siller

Dom 18 Julio 2021 12:00

En las crónicas de la Ciudad de México queda marcado el 8 de junio de 1692, un Jueves de Corpus Christi, cuando ocurrió un motín de las 4 de la tarde a las 11 de la noche que atacó y arrasó con el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional. Un grupo bastante crecido de indígenas, se dice que cerca de 10 mil, junto con mestizos, mulatos y españoles pobres protestó por la escasez de alimentos básicos como el maíz y el trigo. La multitud destruyó una parte de las edificaciones, quemó archivos administrativos e incendió los cajones de los mercaderes ubicados en la plaza principal. Todo acabó a sangre y fuego con centenares de muertos. Fue el resultado final de una cadena de sucesos meteorológicos, económicos y políticos del cual se pueden sacar varias lecciones.

Un año frío y de malas cosechas

​​Todo empezó, dicen los historiadores y estudiosos, un año antes. En junio de 1691 una serie de lluvias, junto con una plaga de chahuistle, acabaron con las cosechas de trigo en Nueva España. Según el filósofo y cronista Carlos de Sigüenza y Góngora “hubo una formidable tempestad de granizo y agua”, se anegaron montes y tierras, se ahogaron ganados y personas, “perdióse el trigo que estaba en las trojes de los molinos y en cantidad muy considerable”.

La situación empeoró a mediados de julio: se paralizó el transporte, “el pan no se sazonaba por la mucha agua y consiguiente frío”. Sobre todo la humedad trajo otro flagelo: “al trigo que ya por el color se juzgaba hecho, se le hallaron vanas las espigas y sin grano alguno; reconociéndose sin mucho examen ser el chahuixtle la causa dello, lo que allá los labradores españoles llaman pulgón”.

El efecto dominó fue inmediato. Las pocas cargas de maíz que estaban disponibles sólo se conseguían a un precio desorbitado. En enero de 1692, el canónigo Antonio de Robles escribió en su diario que también el rastro se había quedado sin carne.

La muy ilustre y noble ciudad incendiada

Para el verano de 1692 las condiciones estaban dadas para un estallido social. La ciudad se encontraba celebrando la tradicional fiesta de Corpus Christi, en plena tensión colectiva por la escasez de alimentos básicos, al tiempo que las autoridades encargadas del abasto estaban especulando con la reserva de granos almacenada. Para el grueso de la población más humilde era casi imposible tener lo esencial. Solo faltaba un incidente para detonarlo todo.

El 8 de junio, en la Alhóndiga, los oficiales del reparto intentaron dispersar a las mujeres que protestaban por la falta de comida. Una joven indígena murió atropellada por la multitud. Relata Sigüenza que otra indígena gritó: “Ahora moriréis todo México, como ella está (...) Comenzó uno con grandes voces a decir contra el señor virrey las más atrevidas desvergüenzas y execraciones que jamás se oyeron y, sacando una piedra de su seno, la tiró al balcón (del palacio virreinal)”.

Era la señal que esperaba la multitud que para entonces se había congregado en la plaza. El tumulto era tal que la compañía de infantería que lo custodiaba retrocedió y tuvo que encerrarse en el Palacio. La turba apedreó las ventanas, quebró las vidrieras, le prendió fuego a las puertas y sacó arrastrando a la plaza la carroza dorada del virrey. “¡Muera el virrey! ¡Muera la virreina! ¡Muera el corregidor! ¡Mueran los españoles! ¡Muera el mal gobierno!”, se escuchaba.

Incendiaron el palacio, le prendieron fuego a la Alhóndiga, quemaron el edificio del Ayuntamiento, luego saquearon los comercios de la plaza. Siete largas horas de caos. ​​Encerrado en el convento de San Francisco, el virrey ordenó “apaciguar la sedición por todos los medios”. Una tropa entró en la plaza dando “a todos los que se pudo” el castigo “que merecían” detalló el cronista. Solo se narra al final cientos de cuerpos estaban junto a las llamas. Solo quedó como manifiesto la fuerza que la población indígena podría tener y que las tensiones eran más que latentes en la Nueva España, aunque para desbordarse por completo aún tendrían que pasar 118 años.

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