Raymundo Riva Palacio
Colima, guerra sucia más violenta

Colima, guerra sucia más violenta

Dom 17 Enero 2016 10:56

Colima, guerra sucia más violenta

Raymundo Riva Palacio, 18 de enero de 2016

La elección respuesta por la gubernatura de Colima es la auto profecía cumplida en material electoral. Los partidos políticos, siempre con la mira corta y la ingenuidad larga, resolvieron acotar la confrontación de ideas, programas y, también, excesos y abusos en las campañas electorales, mediante la supresión del flujo libre de las ideas, la confrontación áspera y la aceptación de guerras de lodo abiertas. Pero si la elección presidencial de 2006 los animó a ir cortando sus propios espacios de lucha sin máscaras y prohibiendo lo que reducidamente llamaban “guerra sucia”, las lecciones posteriores al 2012 no les enseñaron nada y endurecieron aún más la posibilidad del enfrentamiento político y públicamente sano a través de los medios de comunicación, al restringir aún más la posibilidad de una competencia en el terreno de la rendición de cuentas.

Una clase política más joven con olor a naftalina y cultura autoritaria, incapaz de entender la evolución de las sociedades y la aceleración del activismo y la interacción política a través de las nuevas tecnologías, no ha terminado de entender entre los Viejos Medios y los Nuevos Medios. Si acotaban la arena pública, como lo hicieron, ¿en qué momento no entendieron que la presión se desbordaría por otras vías? Se quedaron en Gutenberg y en MacLuhan y se les olvidó que quienes marcan el ritmo y el rumbo nadan en YouTube, Twitter y Facebook. Las decisiones de la clase política de los últimos 10 años construyeron una arena pública informal, agresiva, violenta y sin rendición de cuentas, donde no hay límites –se meten sin prurito alguno en la vida privada de las personas públicas-, y lanzan acusaciones sin posibilidad alguna de una rendición de cuentas porque son francotiradores anónimos.

Colima es una buena demostración de esto, pero no es la única. Grabaciones ilegales fueron utilizadas para denostar y quitarle respaldo al candidato del PAN, Jorge Luis Preciado, que no tuvo otra opción que defenderse ante los molinos de viento que lo atropellaban. En el pasado lo mismo se ha hecho con políticos del PRI y del PRD, con líderes sindicales y figuras antisistémicas, con empresarios y periodistas.

Nadie que juegue en la esfera pública se ha salvado –ni está blindado- de estas embestidas que juegan a demoler la imagen pública ante la falta de recursos para enfrentan a sus adversarios por la vía pública. Pero no nos engañemos. Quienes tienen la capacidad para grabar ilegalmente, para distribuir masivamente los subproductos denostadores y quienes reciclan en la opinión pública lo generado clandestinamente, son los mismos políticos y empresarios. Es decir, quienes se dicen más afectados y agraviados por el fenómeno, son los responsables primarios de la ruptura de las normas. Ellos mismos corren en círculo mordiéndose la cola y cuando les duele, gritan. Colima es el último ejemplo de esta dinámica en la que se han metido. Así lo quieren, sigan haciéndolo. Está claro que en México no existe voluntad política para frenar actos ilegales contra políticos cometidos por políticos, lo que no debería extrañar en la tan cuestionable cultura sibilina que nos domina. Pero que sean laxos consigo mismos y que no haya consecuencia legal alguna en contra de ellos, no significa que no tendrán costos.

Ya lo han venido observando en las urnas, donde el rechazo a los partidos es creciente y el desprecio a los políticos está muy generalizado. Lo admiten y se preocupan, en efecto, pero no hacen nada por remediarlo. Es lo que han venido construyendo, es lo que tienen. No querían guerra sucias, pues ahora las tienen, más violentas, más virales, más eficaces, más dañinas, sin nadie a quién reclamarle, sin nadie que pague por sus actos.