
Foto: MIGUEL ZAMBRANO
Lo que está ocurriendo en Venezuela deja lecciones que el mundo no puede seguir esquivando

Las dictaduras no se delatan cuando reprimen. Se delatan cuando tienen que retroceder.
Lo escribió Ryszard Kapuściński, cronista de regímenes que parecían indestructibles: el poder autoritario se sostiene mientras logra que el miedo sea invisible. El día en que necesita explicarse, justificarse o conceder, algo ya se ha roto.
Eso es Venezuela hoy.
El 3 de enero de 2026, la imagen fue inequívoca: Nicolás Maduro fuera del país, rumbo a Estados Unidos. No fue una filtración. Fue un shock. La noticia se volvió viral en minutos porque no alteró una rutina diplomática: alteró la idea de invulnerabilidad. El chavismo había construido su poder sobre una premisa simple: aquí no pasa nada sin permiso. Ese día, pasó.
Desde entonces, todo lo que siguió fue reacción.
La escena internacional fue tan ruidosa como polémica. Líderes que condenaron la operación con discursos inflamados y, horas después, ajustaron el tono y buscaron línea directa con Washington.
El caso de Gustavo Petro fue el más evidente: primero la movilización, la denuncia imperialista, el gesto público a favor de Maduro; después, la solicitud urgente de interlocución con Estados Unidos. Cuando el tablero se mueve, la coherencia estorba. Y como siempre, apareció el verdadero interés: el petróleo. No los presos. No los desaparecidos. No las décadas de represión. Los barriles volvieron a ordenar la conversación global. Venezuela volvió a importar cuando fue estratégica, no cuando fue humana. Esa es una constante de esta historia.
Pero el quiebre real no ocurrió afuera. Ocurrió adentro. Durante años, el chavismo se presentó como un bloque monolítico. Sin fisuras. Sin dudas. Sin concesiones. Esa imagen se rompió. No por una derrota total, sino por algo más peligroso para cualquier régimen: la necesidad de conceder. La tensión fue visible.
El rostro de Diosdado Cabello ya no era el del poder seguro, sino el del poder a la defensiva. Y hay una ley política que no falla: cuando un régimen necesita exhibir dureza, es porque ya no controla el miedo como antes.
El miedo empezó a circular. Ya no era patrimonio exclusivo del poder. La confirmación llegó con fecha. Este 8 de enero de 2026, en horas de la mañana, Jorge Rodríguez, hermano de Delcy Rodríguez y uno de los operadores centrales del chavismo, anunció la liberación de presos políticos venezolanos y extranjeros. No habló de justicia. Habló de “gestos”. Pero dijo algo que las décadas del autoritarismo chavista negaron: que había presos políticos. Y eso lo cambia todo. Porque liberar presos políticos es admitir persecución política. No hay matiz posible. No hay relato alternativo. No hay eufemismo que lo cubra. Con ese anuncio, el régimen reconoce — aunque no lo diga— que usó la cárcel como herramienta de poder.
Esa admisión deja expuestos no solo a quienes gobiernan en Venezuela, sino también a quienes, desde otros países, negaron, relativizaron o justificaron esa persecución. No era propaganda. Era sistema. Nada de esto significa que Venezuela sea libre. Nada de esto garantiza una transición. Pero sí marca una frontera: el poder dejó de fingir que nada ocurrió.
Venezuela deja lecciones que el mundo no puede seguir esquivando. La primera: todas las dictaduras son malas, vengan de donde vengan. Ninguna ideología —ni de izquierda ni de derecha— ampara la persecución, la cárcel por pensar distinto ni el miedo como método de gobierno.
La segunda: las dictaduras no caen solas. No caen en el mundo ideal del derecho internacional. No cayeron por resoluciones, ni por comunicados, ni por informes. Las herramientas legales disponibles fueron insuficientes, y los organismos multilaterales que debían proteger derechos quedaron, en los hechos, desdibujados frente a décadas de autoritarismo.
La tercera: el miedo puede gobernar durante años, pero no gobierna para siempre. Cuando un poder se ve obligado a retroceder, a conceder, a liberar, es porque ya no controla el miedo como antes. La liberación de presos políticos no es el final. Pero es una señal. Una señal de que el terror dejó de ser incuestionable. Y cuando eso ocurre, la historia vuelve a abrirse.