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Sergio Sarmiento escribe sobre dos de las promesas incumplidas de AMLO: acabar con la corrupción y garantizar el abasto de medicamentos.

El expresidente Andrés Manuel López Obrador anunció muchas veces que México había acabado con la corrupción. “Ya puedo decirles aquí, con la frente en alto, viéndoles a los ojos, de que ya se acabó la corrupción arriba. Puedo sacar hasta mi pañuelito blanco para decir ya no hay corrupción arriba”, declaró el 31 de agosto de 2019 en el patio central del Hospital Rural del IMSS de San Salvador El Seco, Puebla. Añadió contundente: “Todos los negocios jugosos, todas las transas que se hacen, llevan el visto bueno del presidente”.
En esa misma presentación afirmó que era falso que hubiera desabasto de medicamentos y que estuviera afectando a los niños con cáncer: “Hay una campaña ahora de que los niños están muriendo porque no tienen medicamentos para curarlos y todo. Son las farmacéuticas, y ni siquiera las farmacéuticas, los coyotes. ¡Vendían medicinas hasta los políticos! Dijimos: ¡se acabó!... Pueden recurrir a cualquier campaña, pero no vamos a dar ni in paso atrás. Se acaba la corrupción. Ya robaron demasiado. Ya van a dejar de robar. Ya van a descansar”. De hecho, el mandatario afirmó que, al eliminar la corrupción, México tendría un insuperable sistema de salud, no solo como el de Dinamarca, sino mejor.
Aunque ya es un lugar común, es inevitable decir que la sociedad mexicana tiene otros datos. La falta de medicamentos, provocada en buena medida por el propio López Obrador, se mantuvo a lo largo del sexenio. Al final ya el presidente ni siquiera la negaba, sino que tomaba medidas cada vez más absurdas para resolverla: como construir una “megafarmacia”, de 15 mil millones de pesos, en Huehuetoca, Estado de México, que hoy se encuentra vacía, convertida en un monumento a la corrupción o a la ineptitud. Los directivos de Seguridad Alimentaria Mexicana (Segalmex) saquearon la institución creada por el propio López Obrador y sustrajeron un monto calculado en 15 mil millones de pesos. El presidente protegió a su amigo, Ignacio Ovalle, director de la institución, dándole otro cargo público en lugar de procesarlo. Muchos otros actos de corrupción, de altos, medianos y bajos funcionarios, se dieron en su gobierno. Si las transas llevan siempre el visto bueno del presidente, López Obrador tendría que estar siendo investigado.
Este 10 de febrero Transparencia Internacional dio a conocer el Índice de Percepciones de la Corrupción cuya información López Obrador usó contra sus rivales del PRI y el PAN en la campaña presidencial de 2018. Los resultados de ahora, sin embargo, no son como para sacar ningún pañuelo blanco.
Dinamarca, no sorprende, alcanza el primer lugar del mundo por estar casi totalmente libre de corrupción. Finlandia y Singapur ocupan las dos siguientes posiciones. México se queda en un triste 141. Es verdad que estamos ligeramente arriba de Camerún, Guatemala y Guinea, pero debajo de Pakistán, Mali y Liberia. Incluso El Salvador, en el puesto 120, queda mejor que nosotros. Los países latinoamericanos mejor clasificados son Uruguay, en la posición 17, y Chile, en 31.
De nada han servido los pañuelitos blancos de AMLO. Hoy más que nunca la presidenta Claudia Sheinbaum debe hacer un esfuerzo por combatir frontalmente esa corrupción que su predecesor dijo haber vencido y que hoy es más grave que nunca.
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