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Una amistad histórica que hoy se tambalea entre la lealtad ideológica y la supervivencia económica

En el tablero de la geopolítica latinoamericana, la relación entre México y Cuba ha sido, por más de un siglo, mucho más que un simple intercambio diplomático; ha sido un símbolo de identidad y resistencia.
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Sin embargo, al iniciar 2026, esa conexión centenaria enfrenta una tormenta donde el romanticismo revolucionario choca frontalmente con la cruda realidad de la “Doctrina Trump”.
Expertos consultados advierten que el margen de maniobra del gobierno mexicano es cada vez más estrecho, planteando la posibilidad de una fractura que redefiniría el liderazgo regional y la estabilidad migratoria del continente.

La historia de esta alianza no comenzó con la Revolución, sino mucho antes. Omar Núñez Rodríguez, especialista en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, recuerda que el vínculo data de 1902, cuando México fue de las primeras naciones en reconocer la independencia de la isla al constituirse la República.
No obstante, el punto de inflexión simbólico ocurrió tras 1959. Mientras el resto de América Latina cedía ante la presión de Estados Unidos para aislar a la isla, México se mantuvo firme. Durante los años más duros de la Guerra Fría, el Estado mexicano fue el único país de la región que conservó su embajada en La Habana, resistiendo la ruptura generalizada dictada por la OEA.
Esta postura no era una coincidencia, sino una estrategia de supervivencia. Rodrigo Elena Salazar, investigador de Flacso y doctor en Ciencia Política por la UNAM, explica que la diplomacia con Cuba fue la gran muestra de independencia del priismo frente a Washington. Bajo la Doctrina Estrada, México adoptó una política práctica: “no te metes con mi forma de gobierno y yo no me meto en la tuya”.
Al defender la soberanía cubana, los gobiernos del PRI blindaban su propio sistema de las críticas internacionales, inaugurando lo que Salazar llama la “Época Dorada” de la diplomacia mexicana, donde el país actuaba como un mediador creíble en conflictos centroamericanos gracias a su cercanía con la isla y su vecindad con el norte.
El relato de estabilidad se quebró con la transición al PAN. Núñez relata que la llegada de Vicente Fox trajo consigo una agenda de promoción de la democracia que chocó con el régimen cubano, derivando en el icónico y polémico “Comes y te vas” de 2002.

Aquel incidente en la cumbre de Monterrey forzó una quiebra diplomática que solo empezó a sanar con Felipe Calderón, quien entendió que México tenía poco que ganar confrontándose con Cuba.
Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador, la relación entró en una fase de “alabanzas mutuas”.
Salazar sostiene que tanto AMLO como Sheinbaum han adoptado la tradición priista de ver el apoyo a Cuba como un sinónimo de soberanía nacional.
Sin embargo, Núñez Rodríguez advierte que esta afinidad se ha traducido en un respaldo económico sin precedentes, particularmente en materia energética, justo cuando la isla enfrenta su peor crisis de abastecimiento tras el colapso del apoyo venezolano.
La economía cubana, históricamente dependiente de donaciones externas, se encuentra hoy en un estado de asfixia.
Según Núñez, la isla consume diariamente unos 110,000 barriles de petróleo; antes del bloqueo estadounidense en el Caribe, Venezuela cubría casi la totalidad de esa demanda, pero hoy esa fuente ha desaparecido.
México ha emergido como el principal proveedor, pero Salazar es enfático: las donaciones mexicanas no representan ni la décima parte de lo que enviaba Venezuela y son insuficientes para sostener la infraestructura cubana.
Para México, la relación comercial es marginal, con un volumen de apenas 300 millones de dólares, lo que representa menos del 1% de sus exportaciones totales.
Pero para la isla, México es su tercer socio comercial, lo que otorga a la administración de Sheinbaum un peso político enorme que ahora es visto con recelo desde la Casa Blanca.

El factor determinante en esta historia es, sin duda, la figura de Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio.
Núñez describe la actual política estadounidense como un etnonacionalismo agresivo que busca administrar directamente a los países de la región.
Trump ha dejado claro que no tiene los cuidados diplomáticos de mandatarios anteriores; su objetivo es hacer colapsar al régimen cubano y, para lograrlo, no dudará en poner a México entre “la espada y la pared”.
Salazar advierte que el T-MEC funciona ahora como una “arma nuclear” en la mesa de negociaciones.
Con una economía mexicana que arrastra una recesión desde el sexenio anterior, la presidenta Sheinbaum arriesga demasiado si decide desafiar las órdenes de Washington en favor de la isla.
En este contexto, Salazar concluye que, aunque Sheinbaum use un discurso tradicional de soberanía, es probable que termine priorizando la relación con Estados Unidos para evitar un colapso financiero interno, siguiendo la máxima de que la diplomacia se hace pensando en las relaciones más fuertes.

Los especialistas advierten sobre el efecto bumerán de una política de presión extrema. Si el gobierno estadounidense logra hacer colapsar la economía cubana, el resultado natural será un flujo migratorio masivo.
Núñez Rodríguez compara el escenario con los 8 millones de desplazados que generó la crisis venezolana: “Lo que querías evitar, lo vas a volver a provocar con medidas draconianas”.
Un colapso en la isla no solo saturaría las fronteras, sino que, de debilitar también la economía mexicana, crearía una zona de crisis mundial donde la legalidad se desvanece, favoreciendo el control del crimen organizado sobre las instituciones.
Así, la relación México-Cuba, que nació como un gesto de independencia en 1902, se encuentra hoy atrapada en una red de dependencias donde cualquier movimiento en falso podría terminar con una era de estabilidad y dar paso a un periodo de incertidumbre regional.
Al cierre del análisis, surge la pregunta inevitable: ¿es este el punto final de una relación centenaria?
Para los especialistas, el desenlace no apunta a un quiebre diplomático total, sino a una subordinación práctica dictada por la supervivencia.
Rodrigo Salazar sostiene que Sheinbaum no romperá diplomáticamente con Cuba, pero subraya que, al igual que sus antecesores, la mandataria evitará a toda costa una confrontación con Estados Unidos, sacrificando la intensidad del vínculo con la isla si el bienestar económico nacional se ve amenazado.

Por su parte, Omar Núñez advierte que estamos ante un dilema de realineamiento geopolítico; si bien la relación es estable, la agresividad de la “Doctrina Trump” podría forzar a México a enfriar sus nexos con La Habana para proteger sus propias finanzas y remesas, dejando la histórica amistad en un estado de hibernación forzada por el realismo político.