
Foto: CUARTOSCURO
Hannia Novell advierte que la erosión de los contrapesos democráticos en México vulnera su soberanía y capacidad de negociación frente a las presiones externas de Estados Unidos.

En todo el planeta, la democracia atraviesa uno de sus momentos más frágiles. Hoy por hoy, hay más personas viviendo bajo regímenes autoritarios que en democracias plenas, y apenas el siete por ciento de la población mundial habita en sistemas considerados plenamente liberales.
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El estudio Variedades de Democracia (V-Dem) de la Universidad de Gotemburgo en Suecia, advierte que el deterioro democrático ya no es un fenómeno exclusivo de países con instituciones débiles, sino que también alcanza a potencias históricamente consideradas referentes del sistema liberal.
Uno de los datos más inquietantes del informe es que, en solo un año, el índice de democracia liberal de Estados Unidos cayó de forma abrupta y su posición global descendió del lugar 20 al 51 entre 179 países evaluados. ¿La razón? Una fuerte concentración de poder en el Ejecutivo, debilitamiento del Congreso, presiones sobre los medios de comunicación y reducción de controles institucionales.
México tampoco aparece en una posición cómoda. Diversos análisis basados en los indicadores de V-Dem han ubicado al país en una zona de alerta, donde persisten elecciones competitivas, pero existen preocupaciones sobre la concentración del poder político, la debilidad de los contrapesos institucionales y las tensiones entre el Ejecutivo y otros poderes del Estado. En otras palabras, México no es una autocracia, pero tampoco puede presumir una democracia plenamente robusta.
El problema es que este debilitamiento institucional ocurre en un momento particularmente delicado para el país, ya que el presidente Donald Trump ha utilizado reiteradamente el tema del narcotráfico, la migración y la seguridad fronteriza como herramientas de presión diplomática.
Cuando las instituciones democráticas funcionan y existe un Congreso fuerte, un poder judicial independiente y organismos autónomos respetados, la política exterior adquiere mayor legitimidad y capacidad de negociación. En cambio, cuando esos contrapesos se debilitan, el país proyecta vulnerabilidad.
Por eso resulta riesgoso que México continúe transitando por una ruta de debilitamiento institucional justo cuando enfrenta una relación compleja con su principal socio económico y vecino geopolítico.
Es imprescindible que la presidenta Claudia Sheinbaum mantenga la cabeza fría, sí, pero también deberá recordar una regla básica: un país con instituciones sólidas puede resistir presiones. Uno con instituciones erosionadas tiene menos margen de maniobra.
De ahí la importancia de preservar la autonomía de los organismos electorales, respetar el equilibrio entre poderes, garantizar la libertad de expresión y evitar cualquier tentación de capturar instituciones que funcionan como contrapeso democrático.
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La advertencia de V-Dem no debe leerse como una sentencia inevitable, sino como una alerta temprana. Las democracias no colapsan de un día para otro. Se desgastan lentamente cuando las instituciones pierden autonomía y cuando el poder político deja de aceptar límites.
México todavía está a tiempo de fortalecer su sistema democrático. Pero para lograrlo necesita comprender que la democracia no es un obstáculo para gobernar, sino la condición que garantiza la estabilidad, la legitimidad y la independencia del país en un mundo cada vez más incierto.