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Jóvenes en el diván de la IA

En redes sociales circulan testimonios de jóvenes que usan la IA como terapeuta psicológico.

Joven ve su celular

Foto: Cuartoscuro

Hannia Novell

Hannia Novell

Publicada: abr 08 a las 15:31, 2026

La inteligencia artificial dejó de ser una promesa lejana para convertirse en una presencia cotidiana en la vida de millones de jóvenes.

Está en sus teléfonos, en sus tareas escolares, en sus búsquedas rápidas. Pero hay algo más profundo ocurriendo: cada vez con mayor frecuencia, adolescentes y jóvenes están recurriendo a estas herramientas para hablar de lo que sienten, para intentar entender su ansiedad, su tristeza o su confusión.

No es un fenómeno aislado. En redes sociales circulan testimonios de jóvenes que usan la IA como terapeuta psicológico. Aseguran que en ese ambiente virtual se sienten en confianza y que es una alternativa siempre disponible, sin juicios, con respuestas inmediatas y un lenguaje que parece comprensivo. No es así.

La inteligencia artificial no conoce a la persona que le escribe. No sabe qué emociones o traumas hay detrás de cada pregunta, qué contexto familiar, qué experiencias previas, qué silencios. Sus respuestas se construyen a partir de patrones, no de vínculos. Y en temas de salud mental, esa diferencia no es menor.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, uno de cada siete adolescentes en el mundo vive con algún trastorno mental. En México, datos recientes indican que la depresión, la ansiedad y los problemas de conducta son hoy algunas de las principales causas de enfermedad en este grupo de edad.

Detrás de estas cifras hay historias que requieren algo más que respuestas rápidas: requieren acompañamiento, evaluación y seguimiento profesional.

Un psicólogo no solo escucha, interpreta. Un psiquiatra no solo diagnostica, construye un tratamiento a partir de múltiples variables. Pensar que una herramienta digital puede sustituir esa labor es simplificar un problema que ya de por sí es delicado.

Eso no significa que la inteligencia artificial sea negativa. Al contrario, es una herramienta poderosa que puede ayudar a organizar ideas, acercar información y facilitar procesos. El problema surge cuando se convierte en el único espacio de consulta o en el sustituto del acompañamiento humano.

En salud mental, las generalizaciones pueden ser peligrosas, porque cada persona vive sus emociones de manera distinta.

La vulnerabilidad en la que se encuentran muchos adolescentes hoy no es casual. Factores como la presión social, la exposición constante en redes, la incertidumbre económica y la falta de espacios seguros para expresar emociones han creado un entorno donde el malestar emocional se vuelve frecuente. Si a eso se suma la falta de acceso a servicios de salud mental, el resultado es una generación que busca respuestas donde puede.

Por eso el debate no debería centrarse en prohibir el uso de inteligencia artificial, sino en entenderlo y acompañarlo. Enseñar a los jóvenes a distinguir entre información útil y orientación profesional, ahí está la clave. Ayudarles a reconocer cuándo necesitan hablar con una persona real, con formación y responsabilidad ética, es parte de la tarea.

En un momento donde la salud mental juvenil enfrenta desafíos crecientes, la respuesta no puede ser delegar el acompañamiento a una pantalla. La conversación, la escucha y la empatía siguen siendo insustituibles.

La tecnología no puede llenar un vacío que no le corresponde. Es urgente abrir más espacios de escucha en casa, en la escuela y en la comunidad.

La inteligencia artificial seguirá avanzando y formando parte de la vida cotidiana. La diferencia no estará en evitar su uso, sino en aprender a ponerle límites.