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Más allá del arcoíris comercial: Por qué la marcha del orgullo sigue siendo un acto de resistencia

El orgullo no nació para vender productos ni para llenar campañas de marketing. Nació de años de resistencia, de personas que lucharon por su derecho a existir, amar y vivir sin miedo.

Defensa de los derechos de la comunidad LGBT

Foto: Cuartoscuro

Romina Ramos

Romina Ramos

Publicada: jun 22 a las 09:40, 2026

“Podrían exigir sus derechos sin hacer tanto show”. Es una frase que aparece cada junio cuando las calles se llenan de música, brillo, colores y miles de personas marchando por el orgullo LGBTIQ+.

Para quien nunca ha tenido que ocultar a quién ama, cómo se viste o quién es, la marcha puede parecer una fiesta exagerada. Un desfile. Un carnaval. Un exceso. Pero pedirle discreción a una comunidad que durante décadas fue obligada a vivir en silencio es no entender la historia. Porque el ruido nunca fue el problema, el silencio sí.

Mucho antes de que existieran los patrocinios, los escenarios gigantes y las campañas publicitarias con arcoíris, la resistencia ocurría en otros lugares: sótanos, bodegas, bares clandestinos y pistas de baile donde muchas personas encontraban el único espacio donde podían existir sin miedo.

Marcha del orgullo en Chilpancingo, Guerrero

Foto: Cuartoscuro

La música electrónica, el disco y posteriormente el house no surgieron solamente como géneros musicales. También fueron refugios para comunidades negras, latinas, trans y queer que eran rechazadas fuera de esos espacios. Mientras la sociedad les cerraba las puertas, ellas construían las suyas.

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Y cuando la epidemia del VIH devastó a toda una generación mientras gobiernos enteros ignoraban la crisis, esos mismos clubes se transformaron en redes de apoyo, centros de información y espacios de supervivencia. Por eso la fiesta nunca fue solamente fiesta. También fue resistencia.

Marcha del Orgullo LGBT en Querétaro

Foto: Cuartoscuro

Sin embargo, décadas después ocurrió algo curioso. La estética del orgullo se volvió tan popular que terminó siendo absorbida por el mercado. Junio llegó a convertirse en temporada comercial. Logos con arcoíris. Ediciones especiales. Campañas de inclusión. Mensajes perfectamente diseñados para redes sociales.

El problema no es que las empresas participen. El problema es cuando la inclusión termina reducida a una estrategia de marketing. Porque una bandera en un perfil corporativo no necesariamente se traduce en derechos, seguridad o justicia para las personas que dicen respaldar.

La pregunta entonces es inevitable: ¿qué pasa el 1 de julio? Cuando terminan las campañas. Cuando desaparecen los colores. Cuando los escaparates cambian de temporada. Cuando los reflectores se apagan. La respuesta es sencilla: las personas LGBTIQ+ siguen enfrentando los mismos problemas.

Según el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio de Letra S, las mujeres trans continúan siendo las principales víctimas de la violencia letal contra personas LGBTIQ+ en México. Su informe más reciente señala que el 58.3% de los asesinatos documentados corresponden a mujeres trans. Detrás de cada cifra hay una historia que rara vez aparece en las campañas publicitarias.

Mientras las marcas celebran la diversidad, organizaciones como Yaaj México continúan vigilando la implementación de la prohibición de los ECOSIG, conocidas como terapias de conversión, para evitar que la reforma se convierta solamente en letra muerta. Mientras las empresas presumen inclusión, colectivos como Casa de las Muñecas Tiresias A.C. siguen exigiendo justicia para las víctimas de violencia transfóbica y promoviendo que avances como la Ley Paola Buenrostro no se queden únicamente en la Ciudad de México.

La reforma, impulsada por activistas como Kenya Cuevas, permitió tipificar el transfeminicidio en la capital con penas de hasta 70 años de prisión. Pero la realidad es que gran parte del país sigue sin reconocer adecuadamente estos crímenes.

Por eso la lucha nunca ha sido por aparecer en un anuncio. La lucha ha sido por sobrevivir. Por acceder a la salud. Por caminar sin miedo. Por encontrar justicia. Por no ser expulsados de casa. Por no ser asesinados. Y ahí es donde la celebración recupera su verdadero sentido. Porque marchar no es agradecer que una empresa cambie temporalmente su logotipo. Marchar es recordar que los derechos que hoy existen fueron conquistados por personas que arriesgaron su libertad, su trabajo, su seguridad y, muchas veces, su vida.

Marcha LGBT en Querétaro

Foto: Cuartoscuro

Por eso la música sigue siendo importante. Por eso la fiesta sigue siendo importante. Porque la pista de baile nunca fue solamente un lugar para divertirse. Fue el lugar donde muchos encontraron comunidad cuando el resto del mundo les dio la espalda. Y quizás por eso sigue incomodando. Porque cada persona que baila, marcha, canta o levanta una bandera está haciendo algo mucho más profundo que celebrar. Está ocupando un espacio que durante demasiado tiempo le fue negado.

Así que sí. Que haya música. Que haya brillo. Que haya ruido. Pero sin olvidar que detrás de cada canción, de cada bandera y de cada celebración existe una historia de resistencia que todavía no termina. Porque el orgullo no nació para vender productos. Nació para reclamar el derecho de existir.