Este jueves arrancó formalmente el proceso electoral y hay que prepararnos mentalmente para lo inevitable: el bombardeo de políticos y precandidatos bailando en TikTok, presumiendo tenis llamativos y forzando la jerga de internet para rascar likes. Frente a este circo, vale la pena retomar el cuestionamiento del analista Luis Manuel León: “¿Estás haciendo una estrategia de marketing o una estrategia política?”
Seamos claros: esto no es de buenos contra malos. Oficialismo y oposición juegan exactamente a lo mismo. El error es creer que hacen el ridículo en redes porque “no le entienden” a los jóvenes. En tiempos electorales, la atención es moneda de cambio. Es infinitamente más fácil volverse un meme que explicar de qué manera resolverán las crisis que esta generación arrastra. Para ellos, el joven es un cliente electoral hoy y el pagador de la factura de mañana.

Foto: Cuartoscuro
El primer gran fraude discursivo es vender la idea de “la chaviza”. Como si millones de jóvenes fueran una masa idéntica a la que se conquista “farmeando aura” o aprendiendo tres coreografías. Ser joven en México lamentablemente cambia brutalmente dependiendo del código postal, el género, la orientación sexual o la identidad.
En Chiapas, Oaxaca o Guerrero, la urgencia no es el internet rápido; es el acceso al agua, las oportunidades básicas y la migración. Una beca ayuda, pero no tapa los hoyos del Estado.
En estados como Sinaloa, Jalisco, Michoacán, Zacatecas o Tamaulipas, el terror atraviesa a miles de familias. La verdadera encrucijada no es el tipo de empleo, sino sobrevivir en lugares donde el crimen organizado arrebata el futuro de los jóvenes y recurre al reclutamiento forzado.
Si eres mujer, la realidad es otra. En los templetes sobrarán las promesas de patrullas rosas, pero en las calles, millones viven con el miedo cotidiano a ser violentadas, acosadas en el transporte público o en la calle, desaparecer o ser asesinadas. Y para la comunidad LGBTIQ+, el cinismo es similar: no basta con pintar logos de arcoíris en el Pride si el resto del año hay silencio frente a la discriminación laboral y la violencia.

Foto: Cuartoscuro
En Monterrey o Guadalajara por mencionar algunas, el discurso es el nearshoring, pero esa misma generación choca con pared al intentar independizarse. E incluso dentro de una misma ciudad el piso está disparejo.
No enfrenta los mismos obstáculos quién lidia con el encarecimiento inmobiliario en Miguel Hidalgo o la Cuauhtémoc que quien pierde horas de su vida en el transporte desde Iztapalapa o la GAM. Esa desigualdad exhibe la desconexión de quienes nos gobiernan. Como señala León, tenemos una clase política enviciada: “Resulta muy contrastante que haya diputados que lleguen a la Cámara en helicóptero, cuando toda la clase trabajadora pasa cuatro horas en el Metro de ida y vuelta”.

Foto: Cuartoscuro
Esta desconexión es peligrosa. Los algoritmos hacen que los jóvenes consuman 24/7 en sus pantallas la crisis climática, los conflictos internacionales y la certeza de que, en palabras de León, “no vamos a tener acceso a una pensión, no vamos a tener un seguro social digno y hay un encarecimiento de la vivienda”. Frente a esa angustia global y local, ver a un político haciendo trends de baile “no muestra la seriedad con la cual se está haciendo la política”. Lo que se exige, puntualiza, es “alguien que se posicione ante las coyunturas frente a una situación compleja”.
Y cuidado, hay que ver el panorama global, lo que ocurrió recientemente en Nepal, donde la Generación Z estalló en manifestaciones por el hartazgo frente a una clase política que hereda el poder a sus hijos, exhibiendo despilfarros y privilegios. México no está tan lejos de esa bomba de tiempo; el relevo generacional de nuestros políticos parece estar asumiendo esos mismos vicios o incluso más fuerte de concentrar el poder.
No existe una sola juventud mexicana. ¿Por qué la clase política les sigue hablando como si necesitaran lo mismo? Por eso, la exigencia tiene que aterrizar en lo local. No te quedes viendo solo el circo presidencial o estatal. El diputado de tu distrito, el alcalde o el gobierno de tu estado son los que deciden lo inmediato: si la calle por la que caminas de noche tiene luz, si la policía te extorsiona o te cuida, si abres la llave y sale agua, o si puedes moverte sin perder cuatro horas de tu día.

Foto: Cuartooscuro
A partir de este jueves, cuando quien esté buscando tu voto tome el micrófono para decir que “ustedes son el motor del cambio”, no le regales el like por un buen TikTok. Cuestiona: ¿De qué me sirven tus políticas públicas si me estás dejando sin futuro? ¿De qué sirve entrar a Jóvenes Construyendo el Futuro o cobrar la Beca Benito Juárez hoy, si mi sueldo de mañana no me dará para rentar ni comprar una casa? ¿De qué sirve que se peleen por ver si fue mejor el Seguro Popular o el IMSS-Bienestar, si trabajo por honorarios o en una app y estoy excluido del derecho a una Afore y a una pensión? ¿De qué me hablas de crecimiento y megaproyectos si me vas a heredar ciudades sin agua, con contingencias ambientales y vivienda inaccesible?
Y lo más grave: ¿De qué sirven tus promesas virales si salgo a la calle y no sé si mañana seré una ficha de búsqueda o una cifra más de feminicidio? Cuando vengan a pedir el voto, no solo es qué nos van a dar hoy. La pregunta es: ¿Qué parte de mi futuro estás comprometiendo para financiar tu victoria electoral?