
Miles de capitalinos pasan más de dos horas de su vida en el transporte público debido a la mala planeación de las ciudades. - Foto: Cuartoscuro
Más allá del tráfico y los memes, el caos de movilidad en la CDMX cobra un impuesto invisible: miles de pesos y años de vida arrebatados a la clase trabajadora de la periferia.

Nos la vivimos quejándonos del tráfico. Las imágenes de gente dormida babeando en el Metro, cabeceando contra la ventana de la combi o maquillándose a pulso en un semáforo, ya son un “clásico chilango”.
Lo hemos normalizado tanto que nos reímos de nuestra propia miseria urbana. Pero detrás de esas fotos y videos en redes sociales hay algo mucho más pesado que un simple embotellamiento: nos están cobrando un impuesto invisible que nos roba horas de vida. Y lo peor, como casi todo en este país, es que la factura más cara la terminan pagando los que menos tienen.

Si revisas las encuestas por encima, pareciera que vivimos en dos países distintos. Según los datos de la Encuesta Intercensal 2025 del Inegi (publicados por Polls MX), existe una burbuja de afortunados: 26.3% de la población ocupada que hace 15 minutos o menos de su casa a la chamba, y otro 25.1% que se avienta a lo mucho media hora. Hay hasta un 12.4% que ni siquiera tiene que moverse para trabajar, bendecidos por la era del home office o los negocios en casa. Qué envidia. Para ellos, el tráfico es una molestia ocasional, un contratiempo si salen a cenar el viernes de quincena.

Pero fuera de esa burbuja de las zonas céntricas, el verdadero infierno empieza para el resto. Hay casi un 19.8% que se echa entre media y una hora de trayecto. Y luego está el extremo más castigado: ese 11% (8.6% de una a dos horas, y 2.4% más de dos horas) que pierde una buena porción de su día solo en intentar llegar a su escritorio o a su mostrador. Estamos hablando de personas que regalan entre 15 y 20 horas a la semana sentadas en el asfalto.
Casi un trabajo de medio tiempo, pero sin paga. Y eso en un día bueno, porque si le sumamos otros factores cotidianos como las inundaciones de temporada de lluvias que ya es todo el año, los bloqueos, la manifestación de cada día, el choque en el Periférico o las eternas remodelaciones en el Metro, la jornada se vuelve una tortura.
La realidad es que, incluso en un día perfecto, con avenidas y cielo despejado, el sistema ya está diseñado para exprimir a los que viven más lejos. Este castigo espacial no es mala suerte, es pura geografía económica. Las zonas céntricas y conectadas están secuestradas por la especulación inmobiliaria y rentas impagables, así que la fuerza laboral es expulsada a las periferias. Allá, en los márgenes, tienen que pelearse por un cachito de espacio en paraderos saturados para iniciar un viaje fragmentado.
A diferencia del que se sube a su auto y llega directo a su oficina, la clase trabajadora padece la pesadilla del transbordo.

No es un solo viaje, son tres. El IMCO ha advertido sobre las decenas de miles de millones de pesos que el país pierde anualmente por la congestión vehicular, pero a nivel de calle la historia es más cruda y personal: la población de menores ingresos en las periferias termina gastando entre el 20% y el 30% de su salario mensual en puro pasaje.
Imagínate ganar 10 mil pesos, tener que mantener a tu familia, y que tres mil pesos de tu sueldo se evaporen nomás en pagar los 12 pesos de la combi, luego los 5 del Metro, y después los 6 del camión para llegar a tu destino. De ida y de vuelta. Lunes a sábado. Es un robo sistemático, en horas y en pesos.
Y a pesar de esto, la inversión gubernamental sigue favoreciendo a una minoría. Vemos un aumento brutal en la cantidad de autos en la zona metropolitana porque tener coche termina siendo un escudo, lo más “práctico” para sobrevivir al caos. Las autoridades responden construyendo más puentes, segundos pisos y distribuidores viales, cayendo en lo que los urbanistas llaman “demanda inducida”: hacer más calles para los autos solo atrae a más autos. Así, el transporte público concesionado, donde viaja la inmensa mayoría, se queda atrapado en el tráfico generado por vehículos donde viaja una sola persona.
Pero si el golpe al bolsillo y a la equidad es duro, la factura más cara que estamos pagando es biológica. Estar tres o cuatro horas al día atrapado en el transporte te mantiene en un estado de alerta constante, con el cortisol (la hormona del estrés) a tope. Es un estilo de vida que dispara la hipertensión, te impone un sedentarismo forzado que alimenta los índices de obesidad y, sobre todo, te somete a una privación crónica del sueño. La ciudad literalmente nos está enfermando.
Si quieres ponerle un rostro humano a esta crisis de salud pública y urbana, fíjate en quiénes están despiertos antes de que salga el sol. Un estudio sobre los hábitos de los madrugadores en México muestra una radiografía exacta de esta desigualdad. Hablamos de la audiencia que prende la tele en la madrugada, entre las 5:50 y las 7:00 de la mañana, buscando información antes de salir corriendo al paradero.
¿Quiénes son? No son los directores de empresa que llegan a desayunar. El 62% de esa personas obligadas a madrugar pertenece a los niveles socioeconómicos D+ y D/E. Es una población con una carga de género brutal: el 59% son mujeres. Además, no son jóvenes con energía de sobra, pues más de la mitad (el 58%) tiene 45 años o más.
Son las señoras, las madres de familia y la clase trabajadora de los barrios populares de Ecatepec, Iztapalapa, Chalco o Tláhuac. Ellas se levantan a las 4:30 de la mañana no por gusto, sino porque antes de salir a enfrentar su viacrucis de dos horas, tienen que dejar el desayuno preparado, el uniforme planchado o a los hijos listos. La ciudad, con este diseño, arrebata años de esperanza de vida, no duermen 7 u 8 horas.
Cada hora extra que estas personas pasan atoradas en la calzada Zaragoza, en Indios Verdes o en Cuatro Caminos, es tiempo que le quitan a su familia y a su propio cuerpo. Es tiempo que no usaron para ayudar a sus hijos con la tarea, para cocinar algo nutritivo, para leer un libro, o simplemente para existir en paz.

Por eso, creer que esto se soluciona nomás con camiones nuevos o vagones pintados es no entender el problema.
Y cuando llegan con sus promesas de que van a remodelar y pavimentar, es importante tener claro que, además de pagarlo con nuestro trabajo, lo pagamos con salud, tranquilidad y una buena parte de nuestra vida. ¿Cuál es el verdadero impuesto que nos va a seguir cobrando esta ciudad?