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La violencia se expande. Y ya a nadie le importa
Lun 06 Noviembre 2017 01:00

Por: David Pérez Esparza

No importa el indicador que se tome. Todos coinciden básicamente en lo mismo. El año 2017 podría ser el más violento de la historia de México. Y ante la peor crisis de inseguridad y derechos humanos de la que hayamos sido testigos generaciones enteras de mexicanos, hoy estamos en el peor escenario posible. Como si lo que vivimos los mexicanos fuera normal, hoy la violencia parece ya no quitarnos el sueño. 

Hace seis años, el entonces precandidato Enrique Peña Nieto, y el PRI, se escandalizaban ante los 22 mil homicidios que habían ocurrido en 2011, durante el penúltimo año de la administración de Felipe Calderón. Sin embargo, cuando creíamos que la estrategia calderonista era mala, llegó Peña Nieto y su equipo a demostrarnos que sí podíamos estar aún peor. Los datos no mienten. Si las tendencias se mantienen como hasta hoy, el 2017 podría estar cerrando con casi 30 mil homicidios en el año. Y con ello, incrementando para mal en casi 40% el peor indicador del gobierno de Calderón , que ya es mucho decir. 

Y no sólo se trata de un incremento en homicidios. En lo que va del sexenio de Peña Nieto, las ejecuciones presuntamente atribuibles al crimen organizado podrían superar, por mucho, los ya elevadísimos niveles que dejó Calderón. De esta forma, si en el período comprendido entre 2006 y 2011 hubo 16 mil ejecutados con Calderón, para el período comparable 2012-2017 de Peña Nieto, ya hablamos de 18 mil. Y la cifra podría ser aún peor, pues la evidencia empírica demuestra que la violencia es, muchas veces, epidémica y exponencial.

Una situación igualmente compleja ocurre en otros delitos. La última encuesta de victimización del INEGI reveló que más de 24 millones de mexicanos fueron víctimas en 2016. Esto quiere decir que al menos uno de cada cinco mexicanos que usted conoce fue víctima de la delincuencia. De hecho, es muy probable que usted también lo haya sido. 

La cifra es tan grave, que sólo para dimensionar, esos 24 millones de víctimas es lo equivalente a todos los habitantes de Grecia y Bélgica juntos, o a toda la población de Australia. Los datos revelan que el caos en México está en todos lados, y que el discurso de que “la violencia sólo se concentra en algunos lugares” es cada vez menos cierto. Lo que en cualquier lugar sería un escándalo, en México ya ni nos preocupa.

Y tan ignorado está el problema, que resulta escalofriante reconocer lo poco que nos hemos preguntado seriamente a qué se debe este nuevo récord histórico. 

Una posible explicación para el incremento en la incidencia delictiva nacional es la hipótesis que sugiere que la violencia básicamente se está extendiendo territorialmente a lugares donde antes no se había presentado. En un estudio elaborado en University College London (UCL), ya desde 2013 habíamos pronosticado que para 2016-2017 se presentarían incrementos similares a los de 2011. Sin embargo, lo distinto es que zonas medianamente violentas se estabilizarían, pero de la mano de un incremento de la violencia en lugares del país donde antes ésta no existía. 

En ese entonces, anticipamos que este fenómeno ocurriría esencialmente como resultado de una lógica de saturación geoespacial de la violencia criminal. A final de cuentas, esta predicción sugería que, como cualquier mercado, la violencia extractiva también reacciona a la demanda, a la oferta, y a los incentivos entre ambas. Bajo esta lógica, después de saturar mercados previamente explotados, lo más rentable para los criminales era expandirse a “nuevas plazas”. De hecho, siguiendo el tráfico de armas desde EUA, anticipamos que el movimiento sería casi siempre de norte a sur.  

Lamentablemente, parece que ese escenario que hiciéramos en 2013 sí se está cumpliendo en 2017. El último reporte de Lantia Consultores sugiere que durante el tercer trimestre de 2017, Guerrero fue el estado con más ejecuciones del país con 499 casos. Tristemente, para este estado lleno de conflictividad social, impunidad, y amapola, ocupar el primer lugar en ejecuciones no es una novedad. Lo que sí es nuevo es que en un segundo lugar, muy cerca de Guerrero, se ubicó Guanajuato. Con 474 ejecuciones, esta expansión es muy preocupante porque se trata de un estado que no presentaba una “tradición de violencia”, y que inclusive, se llegó a considerar -hace no muchas semanas- como de los más pacíficos del país.

Lo más grave, sin embargo, es que este boom de “nuevas plazas calientes”, tampoco es el único. Colima, que hasta hace unos meses era un paraíso en el océano pacífico, recientemente se convirtió en un verdadero infierno ante el enfrentamiento entre algunas de las células del Cártel Jalisco Nueva Generación, el Cártel de Sinaloa, y el Cártel del Pacífico. Así, en un par de meses, la tasa estatal llegó a más de 40 homicidios por cada 100 mil habitantes, en un lugar donde la violencia simplemente antes no existía. 

Quizá lo más delicado del caso Colima es el tipo de concentración espacial y temporal de la violencia. En 2016, Tecomán, uno de los pequeños municipios de Colima, llegó a tener una altísima tasa de 152 homicidios por cada 100 mil habitantes. En ocasiones, este pequeño pueblo del que nadie habla, llegó a reportar un homicidio por hora, convirtiéndose en uno de los lugares más violentos del planeta. ¿Y sabe que es lo más grave? Que nadie se preguntó qué tiene de especial Tecomán que explicara este tipo de violencia, fuera de cualquier proporción.

Así como Colima, existen otros casos recientes de incrementos sostenidos, pero poco estudiados. Un caso verdaderamente trágico es el Edomex, que Eruviel Ávila justo heredó al primo de Peña Nieto. Los casos de feminicidio, robo a transeúnte, en transporte público, y hasta ejecuciones, están creciendo sustancialmente. Y parece que a nadie le importa.

De la mano de esta descomposición, otros paraísos que se han vuelto verdaderos infiernos en poco tiempo incluyen el caso de Cancún. A pesar de la gran presencia de autoridades federales, en esta ciudad turística ha habido ya balaceras en bares, e inclusive confrontaciones en lugares públicos, a plena luz del día. En una situación similar está Baja California Sur. Tan pronto fue re-capturado El Chapo (esta última vez), el corredor turístico de 32 kilómetros de Los Cabos se convirtió en testigo de la peor espiral de violencia que se haya reportado en la historia de la región; en esencia, por la competencia por el negocio que este capo dejó. En siete días, hubo 35 ejecutados. 

Y tampoco hay que ir muy lejos. La misma Ciudad de México, ese oasis de seguridad que logró reducir los homicidios -como nunca antes- entre 2000 y 2012, hoy se enfrenta con Miguel Ángel Mancera a una ola de violencia sin precedentes recientes . Y ello, sin que el actual Jefe de Gobierno realmente acepte la crisis, y tome cartas en el asunto. 

En suma, parece que este 2017 nos deja frente a una nueva etapa de expansión de la violencia, tanto en nuevos modus operandi como en zonas que antes no tenían grandes problemas. Y la mala noticia, es que no sólo se trata de un crecimiento en homicidios, sino también de nuevos delitos, que se expanden, literalmente, de un día a otro, ante la evidente incapacidad federal (y sobre todo, local). 

Hay mucha evidencia al respecto. El asesinato a alcaldes se está volviendo cada vez más frecuente, y a pesar de sus graves implicaciones, nadie lo toma en serio. Pero este nuevo delito tampoco es el único caso. La violenta expansión de grupos de huachicoleros y asalta trenes, especialmente en la frontera entre Veracruz y Puebla, deja en claro la rápida evolución criminal que ahora vemos en México.

Necesitamos pensar en nuevos modelos epidemiológicos, basados en evidencia, que sean sumamente estratégicos. Necesitamos, en suma, aprender a focalizar y a prevenir las crisis, con tiempos de respuesta mucho más aceptables. De no hacerlo, el día en que la violencia criminal llegue al sur del país, a lugares como Chiapas o Oaxaca -donde no hay policías con experiencia, ni solidez institucional suficiente-, lo habremos perdido todo. 

David Pérez Esparza es Maestro en Ciencias de la Seguridad, Maestro en Política Pública, Maestro en Economía del Conflicto, y Candidato a Doctor por University College London (UCL). Es además Visiting Scholar en el Baker Institute de la Universidad de Rice (Houston), Consultor asociado del BID, Consejero de #PropuestaMx, e Investigador enfocado en reducción del delito en el WWCR del Reino Unido.