Claudia Ivette

La madurez democrática que nos sucede

Lun 02 Julio 2018 08:58

amlo_victoria7_notas37010718.jpg

¡Qué lejos estamos de ese 1988!  Y esa distancia no se mide en años, sino en madurez democrática

En aquel entonces ningún partido distinto al del régimen, el Partido Revolucionario Institucional, tenía un escenario con posibilidades reales para obtener el triunfo y ser un contrapeso efectivo en la realidad política de México. 

Han pasado tres décadas tras el conflicto post electoral que marcó un antes y un después en la democracia mexicana, declarando perdedor a un proyecto de izquierda que parecía contundente. En este 2018 el triunfo vino acompañado de un holgado margen de ventaja para Andrés Manuel López Obrador

 ¡Qué lejos estamos también de ese 0.56%! aquel que hiciera la diferencia en las elecciones del año 2006; en esta ocasión la sociedad decidió no dejarle al Tribunal Electoral un margen de error que diera pie a un “haiga sido como haiga sido”. 

Pero más allá de la alternancia política, estamos presenciando una reconfiguración del sistema de partidos. Con MORENA consolidando mayorías en las cámaras federales, podría incluso estar quedando sin vigencia aquella frase de Vicente Fox “el presidente propone y el congreso dispone”. 

La nueva distribución del poder político en México, nos está llevando a ser testigos de la construcción de un partido que podría lograr hegemonía mediática y gubernamental. 

Así, mientras el resto de los partidos realizan un reordenamiento de sus estructuras, tendrán también que establecen tácticamente los liderazgos de quienes tomarán las riendas para hacer oposición al nuevo gobierno.

¿Y por qué pensar que estamos transitando rumbo a la madurez democrática en un México cuyas campañas estuvieron permeadas de violencia política y guerra sucia

Porque reforma tras reforma de nuestra legislación electoral, hemos logrado como país transitar de una nula competencia política permeada por falta de credibilidad social y política tanto a nivel nacional como internacional, y de un sistema democrático rígido, a un escenario cada vez más depurado que en la actualidad nos permite vivir jornadas electorales más transparentes que nos generan como resultado estabilidad mediática.

¡Qué lejos estamos de la reforma electoral de 1977, cuando la autoridad electoral era la Secretaría de Gobernación! ¡Qué lejos de la reforma de 1989 que permitió representantes de partidos políticos en los órganos electorales! ¡Lejos también dejamos aquella reforma electoral de 1990 que le dio vida al IFE! ¡Qué lejos estamos de esa reforma electoral de 1993 que nos dio por primera vez una credencial para votar con fotografía! Y cambio tras cambio hemos visto madurar a nuestra democracia. Lo vimos en el 2002 con los primeros esfuerzos por buscar equidad de género en los cargos de elección; en el 2005 cuando se consolidó legalmente el voto de los mexicanos en el extranjero; y más recientemente en el 2014 con una reforma electoral que nos dio legislaciones secundarias que han apretado los tornillos de nuestra maquinaria electoral y que también nos dejó a un Instituto Nacional Electoral con brazo fiscalizador. 

¡Qué lejos hemos llegado! Maduró nuestra forma de hacer valer la democracia, y esto a partir del esfuerzo de cada uno de los mexicanos que por convicción, se han involucrado en hacer funcionar y respetar nuestros procesos electorales; desde el ciudadano que armó la mampara en la que votaste, aquel que escrutó tu voto, desde tu vecino que fue a votar por primera vez, hasta aquel que reconoció que los resultados electorales no le favorecieron, respetando así la voluntad de la mayoría. 

Si, hemos avanzado; sin embargo, aún no podemos jactarnos de una democracia exitosa, pues evidentemente para ello, tendremos pues que recorrer todavía un camino largo, muy largo.