Hannia Novell

De cuerpo entero

Lun 04 Noviembre 2019 10:08

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El fallido operativo de las Fuerzas Armadas para detener a Ovidio Guzmán, hijo del narcotraficante mexicano Joaquín “El Chapo” Guzmán, y su posterior liberación, siguen liderando la agenda mediática.

Desde el 17 de octubre, la conversación pública ha girado en torno a la fracasada estrategia del gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) para enfrentar al crimen organizado. La rendición de las fuerzas del orden ante la violencia del Cártel de Sinaloa, que culminó con la vergonzosa liberación de “El Ratón”, fue una derrota pública.

Es difícil saber si el presidente está enojado porque el episodio de Culiacán exhibió la torpeza de su gobierno, o bien, si su molestia radica en que perdió el control de la discusión y de la agenda política que estaba acostumbrado a marcar.

El desdén con el que respondió a los reporteros en Oaxaca, desde las primeras horas del conflicto, se convirtió en rabia y coraje. Está fuera de sí. No es la primera vez que critica la labor periodística, pero ahora su respuesta fue desproporcionada, iracunda.

La conferencia de prensa mañanera número 227, desde el 1º de diciembre a la fecha, pasará a los anales de la historia como la prueba de la derrota discursiva de López Obrador. 

Atrás quedó ese “diálogo circular”, con el que pretendió aparentar transparencia para distinguirse de sus predecesores. Ni los esquiroles impidieron los severos cuestionamientos que los reporteros manifestaron en busca de explicaciones, detalles y revelaciones.

Su reacción fue, por decir lo menos, irascible y descontrolada. "Le muerden la mano a quien les quitó el bozal", respondió AMLO furibundo. No ha comprendido que los medios no están al servicio de su movimiento de regeneración y que el vacío informativo, las contradicciones e imprecisiones del culiacanazo fueron el origen de un interrogatorio que no podía postergarse más.

El de esa mañanera no era un servidor público que rendía cuentas sobre los actos y omisiones de su encargo. Lo que vimos fue a un presidente majadero, que arrebataba la palabra para reclamar titulares, pies de foto y enfoques informativos. 

Los reporteros que dan cobertura a sus conferencias de prensa no están interesados en escuchar letanías didácticas sobre los géneros periodísticos, de quien no ha ejercido este oficio; tampoco acuden para escuchar lecciones de historia con interpretaciones descontextualizadas. No.

El periodismo tiene una labor social clara: desnudar las mentiras, señalar las contradicciones, poner luz en las omisiones, destacar los errores y exigir cuentas. Pero el presidente insiste en dar “otros datos”, en mostrar una realidad inexistente y en nombrar a las cosas como él lo decide.

No se ha percatado que la realidad lo ha superado. Ya no tiene espacios para ocultar ni manipular la verdad, para insultar al adversario ni ofrecer respuestas huecas.

El crimen organizado marcó la pauta. Fueron los criminales quienes exhibieron el desorden, la falta de coordinación, la ausencia de estrategia, la carencia de proyectos y la tonalidad grisácea de un gobierno que se había acostumbrado a responder con frases simplistas y chistes bobos.

La prensa mexicana y los medios internacionales sólo han sido el vehículo para exhibir el manejo desaseado de situaciones en extremo delicadas. Los verdaderos enemigos tienen armas de alto poder; trafican con drogas, personas y órganos; asesinan a mansalva, irrumpen con violencia y llenan al país de cadáveres y sangre. Los periodistas sólo tienen una grabadora y una cámara en la mano y sólo con eso, consiguieron retratar a AMLO de cuerpo entero.