
Foto: Cuartoscuro
La periodista Hannia Novel escribe sobre los principales retos de las sedes mundialistas en movilidad e infraestructura

El 11 de junio inicia la Copa Mundial de la FIFA 2026, pero la verdadera prueba no está en la cancha, está en las ciudades. Nuevo León, Jalisco y la Ciudad de México llegan a este momento con decisiones ya tomadas sobre cómo mover a millones de personas.
Las apuestas han sido distintas y reveladoras. Nuevo León entendió el momento como una oportunidad para reconfigurar su sistema metropolitano. La ampliación de las líneas 4 y 6 del Metro no es menor: implica extender la red hacia zonas donde la movilidad dependía casi por completo del automóvil o del transporte informal.
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Es una decisión estructural que, si se consolida, puede modificar patrones de desplazamiento durante décadas. No se trata sólo de mover aficionados, sino de construir una red más amplia para una ciudad que crece con rapidez.

Jalisco, por su parte, optó por fortalecer un eje ya existente. La extensión de la Línea 5 del Tren Eléctrico apuesta por consolidar un corredor que articule mejor la relación entre el aeropuerto, la zona metropolitana y los espacios vinculados al Mundial.
Es una lógica distinta: menos expansión territorial, más eficiencia en los flujos estratégicos. Si se ejecuta bien, puede mejorar tanto la experiencia del visitante como la vida cotidiana de quienes usan ese sistema todos los días.
La Ciudad de México eligió un camino más conservador. La intervención en la Línea 2 del Metro, una de las más importantes por su conexión con el Estadio Azteca, responde a la necesidad de modernizar infraestructura envejecida.
Nadie puede cuestionar la pertinencia de invertir en la rehabilitación de estaciones, vías y sistemas de seguridad. El problema es que, frente a una oportunidad excepcional, la apuesta se quedó corta.
Porque el Mundial ofrecía algo que pocas veces ocurre: una ventana política y social para tomar decisiones más audaces. El ambiente previo, con entusiasmo colectivo, suele generar mayor tolerancia a las molestias que implican las obras. Es el momento en que las ciudades pueden transformarse con mayor margen.
Las inversiones son significativas: miles de millones de pesos destinados a transporte, espacio público y conectividad. Sin embargo, la movilidad no puede seguir pensándose de forma aislada.

Se avanzó en infraestructura, sí, pero no con la contundencia necesaria para acelerar la transición hacia un modelo más limpio y sustentable. Faltó una apuesta más decidida por la electrificación del transporte en gran escala, por la reducción del uso del automóvil en zonas críticas y por la creación de redes continuas de movilidad activa. Faltó, en pocas palabras, conectar la movilidad con la salud ambiental.
Clara Brugada tenía la oportunidad de ir más allá del mantenimiento y plantear un cambio de rumbo. Integrar políticas que vincularan transporte, calidad del aire y ordenamiento territorial. Articular con mayor fuerza a la zona conurbada de la Ciudad de México.
En lugar de eso, optó por mejorar lo existente, lo cual es necesario, pero no suficiente frente a la magnitud de los desafíos.
Nuevo León y Jalisco, con sus distintos enfoques, muestran que el Mundial puede ser un detonador de transformaciones más profundas. La Ciudad de México, en cambio, deja la sensación de haber administrado la coyuntura más que haberla aprovechado plenamente.
Cuando el Mundial termine, lo que quedará no serán los goles ni las celebraciones, sino las decisiones que hoy se están tomando. Y en ese saldo, la gran pregunta será si se construyó una movilidad más eficiente y sustentable.