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Así operan los narcosubmarinos que inundan de cocaína las costas mexicanas

Con rutas desde Sudamérica y puntos de entrega frente a costas mexicanas, los llamados “narcosubmarinos” reflejan la evolución del crimen organizado.

Los narcotraficantes usan submarinos para el tráfico de drogas

Foto: Pixabay

Salvador Maceda

Salvador Maceda

Publicada: abr 16 a las 09:00, 2026

Frente a las costas mexicanas opera una cadena criminal cada vez más refinada que ya no depende sólo de lanchas rápidas, sino de embarcaciones de bajo perfil y semisumergibles capaces de salir del Pacífico colombiano, cruzar durante semanas mar abierto, repostar combustible lejos de la costa, dejar cargas monitoreadas por GPS y acercarse a puntos de entrega frente a Chiapas, Guerrero, Michoacán, Colima, Jalisco, Sinaloa e incluso el corredor del Pacífico norte.

La propia Secretaría de Marina ya reconoce en su programa sectorial que la delincuencia transnacional usa lanchas rápidas, embarcaciones de bajo perfil, semisumergibles, sumergibles y buques nodriza, mientras Estados Unidos y México endurecieron su cooperación tras una escalada militar que exhibió hasta qué punto el mar se volvió una autopista estratégica del crimen.

No son submarinos de película

En México, lo que aparece de manera reiterada en aseguramientos y reportes oficiales no son submarinos militares plenos, sino semisumergibles o embarcaciones de bajo perfil, conocidas como LPV. Son naves artesanales diseñadas para ir prácticamente al ras del agua, con proa afilada, cabina mínima y la mayor parte del casco oculta bajo la superficie. Esa configuración les permite reducir la detección visual y complicar el rastreo por radar.

Narcosubmarino en el Océano Pacífico

Foto: Insight Crime

Reportes oficiales de Estados Unidos las describen como embarcaciones construidas para poner gran parte de su volumen bajo el agua y evadir la detección, mientras reportes de la Marina mexicana han mostrado que en aguas nacionales se han hallado modelos de gran tamaño, como el localizado frente a La Paz en 2023, con 3.5 toneladas de cocaína.

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El gran salto del crimen

La razón es simple y brutal. Estas naves ofrecen lo que las go fast ya no podían garantizar con la misma eficacia: más sigilo, más carga y más margen de maniobra. Desde hace años, agencias estadounidenses advirtieron que los semisumergibles les daban a los traficantes la capacidad de mover grandes volúmenes de droga de forma encubierta desde Sudamérica hacia México.

La Guardia Costera de Estados Unidos reportó que sólo en 2019 frenó 24 embarcaciones de este tipo y retiró 53 toneladas métricas de cocaína, un dato que ilustra el tamaño del fenómeno.

En paralelo, la Marina mexicana incorporó este desafío a su diagnóstico estratégico y lo ubicó como parte de las amenazas híbridas que exigen más vigilancia, inteligencia, interdicción y respuesta operativa, incluso con apoyo de inteligencia artificial, ciberseguridad y sistemas de mando y control.

La evolución descrita en los reportes oficiales va de las lanchas rápidas con dos o más motores fuera de borda, capaces de mover hasta una tonelada en travesías de alrededor de quince días, a los semisumergibles construidos con madera y fibra de vidrio para reducir eco acústico y firma de radar. A eso se suman soluciones logísticas como buques nodriza para reabastecimiento en altamar, cargas amarradas a boyas con GPS y trasbordos lejos de la línea costera. No se trata sólo de transportar cocaína, sino de montar una red flotante de abastecimiento, ocultamiento, recuperación y destrucción de evidencia. Esa lógica explica por qué el mar dejó de ser simple ruta de paso y se convirtió en plataforma criminal.

El Pacífico mexicano como corredor de entrega

La mayor parte de este negocio se mueve por el Pacífico. Según datos de la ONU y de la DEA, 74 por ciento de la cocaína que sale hacia el norte desde Sudamérica viaja por el Pacífico y no por el Atlántico. En esa franja se dibujan dos grandes corredores. Uno parte del norte de Ecuador y del sur de Colombia, rodea las Galápagos y apunta hacia la zona de Clipperton y el occidente mexicano tras travesías de 25 a 35 días.

El otro es un corredor alterno menos transitado, identificado tras una cadena de incautaciones recientes. Los puntos de entrega se pactan en aguas internacionales, a unas 200 o 300 millas náuticas de la costa, y desde ahí la carga puede bajar a lanchas rápidas o moverse hacia puertos y litorales con cobertura criminal.

Dentro de México, los focos que más se repiten son Chiapas, Oaxaca y Guerrero como primer frente de aproximación al país, y luego Michoacán y Colima como piezas críticas del occidente por la cercanía con Lázaro Cárdenas y Manzanillo.

Submarino en el pacífico

Foto: Autor desconocido

Más al norte aparecen Sinaloa, Baja California Sur, el entorno de Isla Clarión y el archipiélago de Revillagigedo como zonas de referencia, espera o tránsito para embarcaciones que buscan alejarse de la costa y después acercarse a los mercados del noroeste y la frontera.

La clave geográfica radica en aguas profundas, trayectos largos, baja visibilidad y espacio suficiente para hundir la nave si la intercepción fracasa y así borrar carga, estructura y huellas.

¿Qué cárteles aparecen detrás?

Los comunicados de aseguramiento describen la embarcación, el tonelaje, la tripulación, la distancia desde la costa y el despliegue operativo, pero no adjudican de forma automática cada semisumergible a un cártel mexicano concreto. Esa prudencia es obligada porque una cosa es la zona de arribo y otra la propiedad criminal plenamente acreditada en un expediente.

Lo que sí está documentado por la DEA y por expedientes judiciales estadounidenses es que el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación son las dos grandes estructuras mexicanas con mayor capacidad para recibir y mover cocaína de origen sudamericano a escala global, y que el primero sí aparece vinculado de manera explícita en causas penales por cargamentos enviados en semisumergibles desde Colombia.

La DEA consignó en 2020 una sentencia contra un operador colombiano por conspirar para enviar más de 12 mil kilogramos de cocaína al Cártel de Sinaloa a bordo de SPSS, y en 2023 informó sobre otro caso por más de 19 mil kilogramos enviados también vía semisumergibles al mismo grupo.

Además, la agencia sostiene que el Cártel de Sinaloa controla actividad de tráfico particularmente a lo largo de la costa del Pacífico, mientras el CJNG tiene presencia internacional y también trafica cocaína junto con otras drogas.

El Cártel de Sinaloa sí tiene un nexo documentado en expedientes de Estados Unidos con envíos en semisumergibles provenientes de Colombia. Respecto del CJNG, lo que existe con respaldo oficial es su peso en el tráfico global de cocaína y su implantación en el occidente mexicano, especialmente en la franja Jalisco-Colima-Michoacán, no una atribución pública y directa de cada embarcación asegurada frente a Manzanillo o Lázaro Cárdenas.

Los golpes que retratan el tamaño del negocio

En julio de 2008, la Marina reportó un hecho sin precedentes al interceptar un minisubmarino con droga en costas de Oaxaca, el primer hito oficial que obligó a replantear la vigilancia marítima. Años después, en junio de 2023, fue localizado frente a La Paz, Baja California Sur, el mayor semisumergible detectado en aguas nacionales desde el inicio de esa administración, con 3.5 toneladas de cocaína.

Detención de EUA de narcosubmarino

Foto: Captura de Video

El 18 de octubre de 2024 llegó uno de los golpes más duros. La Marina informó el aseguramiento de 8 mil 361 kilogramos de presunta carga ilícita y la detención de 23 personas en el Pacífico mexicano, en un operativo que incluyó cinco embarcaciones y un semisumergible frente a costas de Michoacán y Guerrero. Dentro de esa acción destacó la captura, cerca de Lázaro Cárdenas, de una nave de unos 15 metros con tres motores fuera de borda, 93 bultos de droga con un peso aproximado de 2 mil 179 kilogramos y bidones de combustible. La intercepción exigió una inserción aérea de alto riesgo desde un helicóptero Panther hacia la embarcación en movimiento.

En febrero de 2026 la escena se repitió más al norte y más lejos de tierra. La Marina aseguró frente a Colima una embarcación LPV o semisumergible con 179 bultos y cerca de cuatro toneladas de cocaína, con tres detenidos, en una operación basada en inteligencia del Comando Norte de Estados Unidos y de la fuerza interagencial JIATF South. Días antes, otra acción más allá de la Zona Económica Exclusiva, al oeste de Isla Clarión, permitió asegurar 188 bultos con más de 4.5 toneladas de cocaína. La señal es inequívoca. El corredor no se estrechó, se extendió.

La presión de Washington

En agosto de 2025, Estados Unidos elevó su presencia naval en la región con más de 4 mil 500 marinos y al menos un submarino nuclear, en un despliegue que, según la agencia de noticias Reuters, excedió los patrones habituales en el Caribe. En paralelo, Washington intensificó ataques letales contra presuntas embarcaciones del narcotráfico en el mar.

En su reporte especial la agencia documentó que para noviembre de 2025 esos golpes ya habían dejado más de 70 muertos. La presión política fue inmediata y México endureció su posición contra cualquier acción unilateral.

En noviembre de 2025, el gobierno mexicano anunció que la Secretaría de Marina sería la encargada de interceptar estas embarcaciones en aguas internacionales cercanas a México, mientras las agencias estadounidenses quedarían concentradas en el intercambio de inteligencia.

El fondo

Detrás del narcosubmarino hay una idea muy concreta de negocio. El crimen organizado optó por esta vía porque permite mover cargamentos multitonelada con menos exposición, aprovechar la profundidad del Pacífico, operar en silencio, alargar la distancia respecto de la costa, usar puntos flotantes de reabastecimiento y, si todo falla, hundir la nave para desaparecer evidencia en minutos.

No es una extravagancia logística. Es la adaptación natural de una industria criminal que aprendió a responder a radares, satélites, patrullas, vigilancia aérea y presión judicial con más sigilo, más autonomía y más ingeniería artesanal. Eso explica por qué la Marina ya no habla sólo de persecución, sino de modernización tecnológica, inteligencia anticipada y control de espacios estratégicos.