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Así operaba “Pablo Icecobar”, el mexicano que montó una red de laboratorios de metanfetamina en Países Bajos.

Pavel Romo Aguilera no llegó a Europa como un operador menor. El mexicano nacido en Michoacán en 1983, conocido en el mundo criminal como “Pablo Icecobar”, montó una red de laboratorios clandestinos de metanfetamina en Países Bajos, llevó cocineros latinoamericanos, movió dinero en criptomonedas, usó identidades falsas, exportó droga a Alemania y presumió en mensajes cifrados que podía abrir laboratorios donde quisiera.
El apodo sintetizaba su perfil criminal. “Pablo”, por la referencia al capo colombiano Pablo Escobar. “Ice”, por el término usado para la metanfetamina cristalina.
Bajo esa identidad, Pavel encabezó una estructura que mezcló experiencia mexicana, logística europea, lavado financiero internacional y una producción a gran escala que terminó bajo la lupa de la justicia neerlandesa.
La historia criminal de Pavel no empezó en Europa. En 2006 fue detenido en Estados Unidos por fabricación de metanfetamina. En ese momento intentó ocultar sus actividades al presentarse como productor de aguacate, pero fue condenado y cumplió nueve años de prisión en Dallas, Texas.
Tras recuperar su libertad, no abandonó el negocio. Alrededor de 2017 viajó a Países Bajos para continuar con la producción de droga sintética. Desde ahí se movía por Europa, con viajes ocasionales a Bélgica, y utilizaba identidades falsas junto con su hermano Jorge “N.”, alias “Pequeño Pitón”, quien logró evadir a las autoridades y continúa prófugo.
En Países Bajos, “Pablo Icecobar” se convirtió en el cerebro y coordinador principal de una red de laboratorios clandestinos de metanfetamina. Su papel era administrar, aportar conocimientos químicos, habilidades técnicas, mano de obra especializada y materias primas.
Ese modelo fue identificado por autoridades europeas como el “método mexicano” de producción. No se trataba solo de mover droga terminada, sino de instalar capacidad industrial dentro de Europa, con cocineros, operadores, rutas de suministro, refugios, dinero y eliminación de residuos tóxicos.
La red operó en varias ubicaciones de Países Bajos, entre ellas Arnhem, Achter-Drempt, Moerdijk, Willemsoord y Hauwert. Uno de los casos más llamativos fue el laboratorio instalado dentro de un “narco barco” descubierto en Moerdijk en 2019.
Para operar a escala industrial, Pavel formó una alianza clave con un ciudadano neerlandés de 42 años, originario de La Haya, conocido como “Doctortattoo”.
El socio holandés tenía una función central. Montaba los laboratorios de forma profesional, coordinaba el suministro de materias primas, gestionaba la eliminación de residuos tóxicos, manejaba las finanzas y se encargaba de la venta del producto final.
Juntos exportaron decenas de kilos de droga. Entre los envíos documentados hubo más de 30 kilos de metanfetamina enviados a Alemania.
La estructura de “Pablo Icecobar” tenía personal especializado traído desde América Latina.
Un mexicano de 43 años fue llevado específicamente para sintetizar la droga. Comenzó como operador en el laboratorio de Hauwert y un año después ascendió a coordinador en el laboratorio de Arnhem, donde dirigía a otros cocineros.
También participó un técnico ecuatoriano de 47 años, asignado como operador en Arnhem.
Una mujer colombiana de 44 años desempeñaba una función logística decisiva. Daba refugio a los latinoamericanos, contrataba conductores para trasladar a los técnicos y, cuando algún integrante caía en prisión, depositaba dinero en sus cuentas penitenciarias y les proporcionaba teléfonos móviles.
Las ganancias de la red eran enormes y se lavaban mediante esquemas financieros sofisticados. Pavel convertía parte del capital en bitcoins y realizaba transferencias internacionales hacia Sudamérica, España y Estados Unidos.

La organización también utilizaba intermediarios físicos. Un colombiano de 49 años fue detenido mientras transportaba 60 mil euros en efectivo de origen ilícito.
El socio neerlandés de La Haya blanqueó al menos 220 mil euros con ayuda de su pareja sentimental.
La investigación dio un giro clave en el verano de 2020, cuando la policía logró descifrar los mensajes de EncroChat, una red de telecomunicaciones encriptadas utilizada por criminales.

Ahí apareció la soberbia de Pavel. A un contacto identificado como “Diorprada” le escribió “Estoy viviendo la vida loca” y adjuntó fotografías de un contenedor de metanfetamina. A otro usuario, bajo el alias “Warmachine”, le confesó “Soy Pavel y puedo hacer laboratorios donde quiera. Tengo 3 en Holanda. Soy el mayor productor de hielo de Europa. Abriré 2 más en 2 semanas”.
Esos mensajes no solo exhibieron su papel dentro de la red. También mostraron que se asumía como uno de los principales productores de metanfetamina del continente.
La investigación digital se cruzó con evidencia física. Las autoridades recibieron información sobre un mexicano en Países Bajos que buscaba un lugar remoto para instalar un narcolaboratorio.
Al rastrear un número telefónico, la policía observó a Pavel y a su hermano Jorge comprando grandes cacerolas y sartenes en una tienda IKEA de Delft.
El uso de esos utensilios no respondía a falta de recursos. Formaba parte de una estrategia de camuflaje y logística. En lugar de comprar equipo profesional de laboratorio, como reactores, matraces o materiales químicos más fáciles de rastrear, los cocineros mexicanos utilizaban ollas y cacerolas de acero inoxidable de gran tamaño para realizar fases críticas de la síntesis de metanfetamina.
Era una técnica rústica, pero efectiva, vinculada al modelo mexicano de producción. Al comprar utensilios comunes en tiendas comerciales, reducían el riesgo de activar alertas por adquisición de equipo especializado.
Aunque Pavel y Jorge lograron escapar temporalmente, el cerco internacional avanzó. Pavel fue detenido en Barcelona, España, en septiembre de 2021, y extraditado a Países Bajos.
La Fiscalía pidió originalmente la pena máxima de 16 años de prisión. Argumentó que Pavel era líder de la red, que había participado en exportaciones y que no había aprendido de su condena previa en Estados Unidos.
El tribunal de Brabante Oriental, en Den Bosch, lo condenó finalmente a 14 años y 10 meses de prisión.
Sus cómplices también recibieron penas altas. El socio holandés de La Haya fue condenado a 13 años de cárcel. El jefe de cocina mexicano recibió 7 años y 10 meses. El técnico ecuatoriano fue sentenciado a 5 años. La operadora colombiana recibió 4 años de prisión, uno de ellos condicional.
Los jueces europeos destacaron el alto poder adictivo de la metanfetamina, el riesgo extremo de explosiones en los laboratorios, el daño ecológico causado por los residuos químicos vertidos ilegalmente y la corrupción generada por el flujo masivo de dinero criminal.