
Foto: Cuartoscuro
Más que futbol, el Mundial se ha convertido en un raro momento de unidad nacional.

No, esta columna no es de futbol.
A los mexicanos nos gusta el Mundial, pero nos gusta más la fiesta y el desmadre. Juntas ambas cosas y te explicas 1 millón de personas en Avenida Reforma en un martes, 300 mil sumados del Parque Fundidora, la Macroplaza y el parque del Agua en Monterrey, 160 en La Minerva de Guadalajara y hasta 30 mil en la Glorieta del Coyote en el popular municipio de Nezahualcóyotl en el Estado de México.

Todos con sus playeras verdes –blancas y negras también– algunas oficiales, otras piratas, incluso una que otra hechiza, pero todos con la misma ilusión de ver al representativo nacional ganar. El adversario es lo de menos.
He vivido dos Copas del Mundo en México, 9 más a través de la televisión, pero en ninguno se ha vivido la alegría, el ambiente, el ensueño que esta edición está provocando en nosotros los mexicanos de manera espontánea. Nadie convoca, nadie organiza y sin embargo la mente colectiva nos reúne en espacios y densidades poco recomendables como lamentablemente ha quedado en evidencia.
Lo atribuyo a esa atávica carencia de alegrías colectivas, a los últimos 14 años en los que se ha atizado la división y el encono para fines políticos, a esa tendencia global de exacerbar las diferencias para consolidar una visión maniquea y simplista entre buenos y malos, chairos y fifís, patriotas y “vende-patrias”, que nos mantiene ocupados enfrentándonos y alejados de identificarnos como uno de todos; precisamente lo que han conseguido las participaciones de La Selección.
Y no, los goles de Quiñones o Jiménez no harán que aparezcan los más de 130 mil desaparecidos ni a traer paz a los colectivos de madres buscadoras, tampoco disminuirán la cifra de homicidios dolosos que hoy celebran están a niveles del 2015 después de haber tenido el sexenio más mortífero en la historia del país, menos aún solucionarán la escasez de medicamentos e insumos médicos en el pauperizado sistema de Salud Pública o cambiarán el hecho de que 55% de la población se ocupe en la economía informal a consecuencia de una economía en pasmo que lleva años rayando en la recesión. No, no lo harán, pero esa no es su responsabilidad.

Sin embargo, esos 4 partidos sin conocer gol en contra, el desempeño de ese adolescente Gilberto Mora que parece que juega en su tercer mundial, los cantos a una sola voz en el Akron o el Azteca nos transportan, aunque sea por un par de horas, a otro lugar, uno, sin duda, con menos problemas y sostenido por pura emoción.
Lo que pase el domingo –que ojalá se una victoria tricolor– no moverá ni un centímetro la realidad nacional, el lunes nos levantaremos siendo exactamente los mismos que nos fuimos a dormir el día anterior, tal vez con la oportunidad de ver un partido más del conjunto azteca, tal vez con el sueño mundialista terminado, pero ya nos merecíamos unos días así ¿no?
Una pausa, un remanso, unos días en el que todos cantamos al unísono el tan sobado Cielito Lindo, que aunque ya nos tiene un poco hastiados siempre nos acompaña en momentos en lo que podríamos lograr un poquito más. ¿Y si no fuera sólo en el futbol? ¿Y si fuera para todo lo demás? ¿Y si sí?