
Las instalaciones que anteriormente albergaban al Tec de Monterrey en Colima, ahora pasarán a ser parte del estado - Foto: Especial
Durante más de cuatro décadas, el Tecnológico de Monterrey en la capital de Colima, representó el símbolo de una educación superior a la que solamente una pequeña parte de la población podía acceder.

Por: Julieta Delgadillo
Un espacio asociado durante décadas con la educación privada de alto costo en uno de los estados más pequeños del país regresa a la sociedad y abre la posibilidad de convertir el prestigio de unos cuantos en oportunidades para todos.
Durante más de cuatro décadas, el Tecnológico de Monterrey en la capital de Colima, sobre la emblemática avenida Ignacio Sandoval, representó el símbolo de una educación superior a la que solamente una pequeña parte de la población podía acceder.
Hoy esa historia ha cambiado. Tras un largo litigio por el derecho de uso de suelo, el gobierno estatal recuperó el predio que era usado por particulares para destinarlo a la educación superior pública. Hoy, ahí se proyecta la próxima Máxima Casa de Estudios de Colima.
Se trata de un cambio más profundo que sólo un renombre de edificio o una fachada nueva. Es fondo sobre la forma: donde estaba una de las universidades más costosas, hoy podrá educarse cualquier joven con talento, disciplina y deseos de superarse, sin importar cuánto dinero tenga su familia.
La población estudiantil en Colima necesita buenas instituciones de ambas clases, privadas y públicas. Los estudiantes de la Prepa Anáhuac y sus familias merecen respeto, certeza y continuidad académica.
La discusión debe centrarse en el destino de un inmueble surgido del patrimonio colectivo y en la oportunidad de convertirlo en una institución pública de excelencia.
Existe también algo profundamente romántico en este cambio: una joven que durante años contempló desde afuera aquellas instalaciones podrá cruzar sus puertas como universitaria. Podrá ocupar un aula que antes parecía reservada para otros y descubrir que el conocimiento también le pertenece. Podrá graduarse donde antes había una cadena invisible que lo separaba de ese universo.
La recuperación representa una oportunidad de oro para Colima y, de manera particular, para las colonias y comunidades cercanas al predio. La presencia de una universidad pública puede fortalecer su entorno y convertirse en un punto de encuentro para la educación, la investigación, la cultura y el desarrollo. Eso también es una estrategia de seguridad exitosa.
Una universidad llena de juventud y conocimiento la zona en la que se encuentra. Genera científicos, artistas, deportistas. Sus beneficios trascienden las aulas y alcanzan a quienes viven, trabajan o desarrollan alguna actividad en sus alrededores.
El proyecto ofrece, además, la posibilidad de construir una comunidad universitaria plural, en la que convivan jóvenes de distintos orígenes sociales unidos por el talento, la disciplina y la aspiración de construir un futuro mejor.
En Nuevo León, la Universidad Autónoma de Nuevo León es motivo de orgullo para toda la sociedad. Sus facultades, hospitales, equipos deportivos y centros culturales son parte de la identidad del estado. En ella estudian más de 220 mil alumnos y su prestigio no depende de ser privada, sino de su historia, su calidad y su contribución social.
En Jalisco ocurre algo semejante con la Universidad de Guadalajara. La UdeG es abrazada por personas de diferentes condiciones económicas porque representa mucho más que una alternativa para quien no puede pagar: es una institución esencial para la cultura, la ciencia y la identidad jalisciense.
La Ciudad de México y el país entero presumen a la UNAM. En sus aulas estudian jóvenes de familias acomodadas y estudiantes para quienes ingresar representa la única posibilidad de acceder a una educación superior de excelencia. Ahí, las diferencias sociales no desaparecen, pero se encuentran frente al mismo profesor, en la misma biblioteca y bajo el mismo escudo.
Eso es lo que Colima puede construir: una universidad pública tan buena que también quieran estudiar en ella quienes tienen los recursos para pagar cualquier otra opción, y que todos aquellos talentos que salen del estado ya no tengan que hacerlo, pues constituyen un capital humano que difícilmente regresa a nuestra entidad.
La discusión jurídica ya terminó. El predio fue recuperado conforme a derecho. Ahora comienza la responsabilidad política y educativa. No será un reto fácil: al gobierno estatal le toca convertir un predio ocioso en una universidad gratuita, exigente y de calidad con instalaciones bien conservadas, presupuesto suficiente y oportunidades reales para los jóvenes.
El antiguo Tecnológico de Monterrey puede convertirse en una metáfora de los años venideros: un lugar donde el prestigio no desaparezca, sino que se democratice. Que no se quite algo a unos pocos, sino recuperar para todos. Construir sobre sus cimientos no es privilegio, sino una oportunidad colectiva.