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Hannia Novell habla sobre el actuar del gobierno ante las recientes tragedias, donde se ha responsabilizado a individuos en lugar de atender los problemas estructurales

Gobernar en México ya no significa hacerse cargo. Significa señalar. Dos sexenios de Morena han bastado para consolidar un nuevo modelo político: el del poder inocente. Aquí nadie tiene la culpa de nada. Todo es herencia, sabotaje o mala suerte. Y cuando no alcanza, siempre queda Calderón.
El accidente de la pipa en el puente La Concordia dejó muertos, heridos y preguntas. Pero las preguntas duran poco cuando la respuesta oficial cabe en una sola frase: fue el chofer. Punto. No hubo sistema de revisión, ni fallas estructurales, ni omisiones de autoridad. Un solo hombre, al volante, cargó con toda la responsabilidad de un Estado ausente. Caso cerrado.
El Tren Interoceánico, uno de los proyectos insignia del régimen, se detuvo abruptamente. ¿Planeación deficiente? ¿Presión por inaugurar antes de tiempo? ¿Problemas técnicos previsibles? ¿Corrupción en la compra de materiales? No. El culpable fue el maquinista. Así, sin rubor. Un trabajador se convirtió en el freno humano de una obra multimillonaria, un trenado que cobró vidas. La narrativa es clara: los proyectos no fallan, las personas sí.

La crisis de medicamentos merece mención aparte. Entre 2019 y 2022, de acuerdo con datos oficiales y organizaciones civiles, se dejaron de surtir más de 30 millones de recetas en el sistema público de salud. Niños con cáncer sin quimioterapias, pacientes crónicos sin tratamiento, hospitales improvisando. ¿Responsables? Las farmacéuticas, los distribuidores, los intermediarios corruptos del pasado. Nunca quien decidió desmantelar el sistema de compras sin tener uno funcional. Gobernar por ocurrencia también tiene efectos secundarios, pero esos no vienen en el prospecto.
Y luego está la violencia, el elefante ensangrentado en la sala. Más de 180 mil homicidios dolosos acumulados en estos dos sexenios. El más alto registro desde que se tiene conteo. Periodistas asesinados, candidatos ejecutados, comunidades enteras sometidas por el crimen organizado. ¿La explicación oficial? Calderón. Siempre Calderón. Aunque no gobierne desde hace más de una década. Aunque la estrategia sea distinta. Aunque los números sean peores. El pasado es cómodo: no exige resultados.
La lógica es impecable: si algo sale mal, es culpa del neoliberalismo; si algo funciona, es la Cuarta Transformación. Si hay errores, no son errores: son ataques. Si hay víctimas, son estadísticas heredadas. Si hay reclamos, son conservadores.

Aquí nadie renuncia. Nadie ofrece disculpas. Nadie corrige. Porque aceptar un error implicaría aceptar que el poder también se equivoca. Y eso rompería la narrativa moral donde los buenos no fallan, sólo son incomprendidos.
El resultado es un país donde las tragedias se explican con excusas, los fracasos con culpables menores y los muertos con discursos. Un país gobernado desde el micrófono, no desde la responsabilidad.
Y mientras todo pasa —las explosiones, los frenos, las muertes, la escasez— la frase se repite, infantil y cómoda, desde lo más alto del poder:
—Yo no fui.