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La guerra entre Rusia y Ucrania cumple cuatro años y el mapa sigue marcado por trincheras y ciudades devastadas

Han pasado cuatro años desde que Rusia lanzó la invasión a gran escala contra Ucrania y el mundo dejó de hablar de “tensiones” para volver a pronunciar la palabra que Europa juró no repetir: guerra.
Cuatro años después, el mapa sigue marcado por trincheras, ciudades devastadas y millones de historias interrumpidas. Pero más allá de las líneas de combate, hay una verdad incómoda que la propaganda de cualquier bando intenta disimular: en una guerra nadie gana. Absolutamente nadie.
Las cifras son frías, pero estremecen.
Decenas de miles de soldados muertos en ambos bandos. Miles de civiles fallecidos. Millones de desplazados internos y refugiados que han cruzado fronteras europeas buscando algo tan básico como seguridad. Infraestructura energética destruida, ciudades reducidas a escombros, campos agrícolas convertidos en campos minados.
Ucrania —uno de los principales exportadores mundiales de grano— vio interrumpidas rutas marítimas clave en el Mar Negro, afectando la seguridad alimentaria global. Rusia, potencia energética, enfrentó uno de los regímenes de sanciones más severos de la historia contemporánea, reconfigurando mercados de petróleo y gas hacia Asia y provocando un reordenamiento acelerado del comercio mundial.
Europa pagó la factura energética más alta en décadas. La inflación golpeó a familias que jamás imaginaron que una guerra lejana impactaría su supermercado o su factura de luz. La OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte, en inglés North Atlantic Treaty Organization o NATO) se revitalizó, ampliando su membresía y reforzando su presencia militar. El mundo, lejos de estabilizarse, se fragmentó aún más.
Y mientras tanto, el presupuesto militar global alcanzó niveles históricos.
Pero hay un saldo que no aparece en los balances macroeconómicos: la normalización de la violencia.
Una generación de niños ucranianos creció bajo sirenas antiaéreas. Jóvenes rusos partieron al frente sin certeza de regreso. Madres que aprendieron a despedirse sin garantías. Familias separadas por fronteras ideológicas, geográficas y políticas.
Las guerras no solo destruyen edificios; erosionan la confianza internacional, endurecen discursos, alimentan nacionalismos y siembran resentimientos que pueden tardar décadas en sanar.
Cuatro años después, el conflicto no solo es militar. Es narrativo, económico, diplomático y tecnológico. Se libra en el campo de batalla, pero también en el ciberespacio, en los mercados energéticos y en la opinión pública global.
Cada parte insiste en hablar de resistencia, soberanía, seguridad o defensa estratégica. Pero ¿qué significa ganar cuando el territorio está devastado? ¿Qué significa triunfar cuando el aislamiento internacional se profundiza? ¿Qué significa vencer si el costo humano es irreparable?
La historia demuestra que incluso quienes imponen condiciones en una mesa de negociación cargan cicatrices económicas, políticas y sociales durante generaciones.
Las guerras modernas no concluyen con desfiles triunfales; terminan con reconstrucciones interminables y memorias fracturadas.
A cuatro años del inicio de esta invasión, el mundo enfrenta una pregunta urgente: ¿hemos aprendido algo?
La diplomacia preventiva sigue siendo más barata que cualquier arsenal. El diálogo, aunque incómodo, cuesta menos que la reconstrucción. Y la estabilidad global no puede depender únicamente de la disuasión militar.
Hoy, más que analizar avances o retrocesos en el frente, toca recordar lo esencial: cuando el mapa sangra, la humanidad retrocede.
Porque en una guerra no hay ganadores.
Solo sobrevivientes.