
Prohibir el celular durante las horas de clase puede ayudar, pero no es suficiente. Especialistas advierten que también se necesita educación digital, supervisión familiar y reglas claras para el uso de la tecnología. - Foto: IA
La UNESCO reportó que 114 naciones ya restringen el uso de teléfonos móviles en las escuelas, frente a menos de 28 en 2023.

Durante años nos aseguramos de que los niños llevaran un teléfono a la escuela para poder localizarlos. Después nos pareció normal que lo utilizaran para buscar información, enviar tareas o comunicarse con sus compañeros. Hoy queremos que aprendan a dejarlo.
La UNESCO reportó en marzo de 2026 que 114 países ya adoptaron prohibiciones nacionales sobre teléfonos móviles en las escuelas. En 2023 eran menos de 28 naciones. Algo está ocurriendo en los salones de clase para que gobiernos con sistemas educativos tan diferentes hayan comenzado a tomar decisiones semejantes.
Para entenderlo, revisemos algunas cifras. PISA 2022 encontró que alrededor de 30 por ciento de los estudiantes de países de la OCDE dijo distraerse con dispositivos digitales durante la mayoría o todas sus clases de matemáticas.

Otro 25 por ciento señaló que pierde concentración por el uso que hacen sus compañeros. Los alumnos que reportaron distracción frecuente obtuvieron, en promedio, 15 puntos menos en matemáticas, aún considerando diferencias socioeconómicas entre estudiantes y escuelas.
Pero reducir la discusión al aprovechamiento escolar sería quedarse corto. El celular cambió también la convivencia. Basta observar cualquier patio escolar. Donde antes había grupos conversando, corriendo, discutiendo las reglas de un juego o simplemente perdiendo el tiempo juntos, ahora aparecen niños y adolescentes inclinados sobre una pantalla.
Por si fuera poco, un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) encontró, cada vez con mayor frecuencia, que los jóvenes muestran dificultades para controlar el uso de las redes sociales, preocupación constante por conectarse, o síntomas de malestar cuando no pueden acceder. ¿Es una adicción clínicamente diagnosticada? No, pero ya hay consecuencias negativas en su vida cotidiana.
Sería un error convertir en villanos a los dispositivos móviles. La tecnología también nos ha permitido mejorar el aprendizaje, ampliar el acceso a información y ofrecer herramientas importantes a estudiantes con necesidades específicas, siempre que las apps tengan una finalidad educativa definida.
El tema es la app de idiomas, TikTok, los videojuegos y aplicaciones de mensajería están en el mismo celular y basta el movimiento de un dedo, para cambiar de espacio.
También es preciso reconocer que los adultos les entregamos los celulares, pagamos por su conexión a internet y normalizamos que estuvieran al alcance de su mano a cualquier hora. Sería injusto señalar al adolescente y exigirle autocontrol.
El Gobierno de México apenas discutirá el impacto de dispositivos y redes sociales en las infancias y los estados avanzan a velocidades distintas, como la Ciudad de México y Estado de México que ya impusieron restricciones para el uso del celular en las aulas.
Familias, escuelas y gobiernos tardamos años en establecer límites y ya no podemos perder más tiempo. México necesita criterios nacionales, excepciones claras para emergencias y actividades académicas, protocolos que no conviertan a los maestros en policías de teléfonos y una conversación mucho más amplia con los padres.
Un reglamento que prohíba el uso de celulares durante seis horas no sustituye la supervisión, la educación digital ni la participación de las familias.
Necesitamos entender que esto no es una guerra contra la tecnología, sino una batalla por recuperar la atención, la conversación, la curiosidad, el juego y la capacidad de convivir con otras niñas, niños y adolescentes.
Recuperemos el recreo.