LOS LÍDERES DE LA POLÍTICA

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Opinión

Del café Prendes al chat cifrado: la política mexicana se discute antes de llegar al Congreso

En la política, las negociaciones entre partidos y políticos se realiza fuera de la luz pública y se ha acostumbrado a realizar acuerdos en restaurantes lujosos

Diputados de la bancada de Morena durante una sesión en la Cámara de Diputados.

Legisladores y diversos políticos se reúnen en establecimientos para discutir y negociar el rumbo de la política - Foto: Cuartoscuro

El Pleno del Congreso mexicano suele venderse como el gran escenario de la democracia. Ahí están las tribunas, los discursos, las votaciones electrónicas y las sesiones transmitidas en vivo. Parecería que ahí se decide el rumbo del país.

Pero muchas veces no es así.

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Cuando una iniciativa llega al Pleno para votarse, la negociación importante ya ocurrió horas o incluso días antes, lejos de las curules, los micrófonos y las cámaras del Canal del Congreso.

En México, buena parte del poder no se mueve en el salón de sesiones. Se mueve alrededor de una mesa.

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Cámara de Diputados

Foto: Cuartoscuro

No es una idea nueva. Es una costumbre. Para muchos, un sistema informal que ha permitido negociar decisiones públicas lejos del escrutinio ciudadano. Un espacio donde el poder opera con reglas distintas a las que aparecen en la Constitución.

Durante años, el mapa de esos encuentros ha tenido direcciones conocidas. El Suntory de la colonia Del Valle o el de Las Lomas, por ejemplo, se han convertido en puntos de reunión habituales de la clase política de distintos partidos, ahí acuden, en momentos distintos y sin que ello implique necesariamente un acuerdo específico entre ellos, legisladores de oposición como Santiago Taboada y figuras cercanas a Morena como Sergio Gutiérrez Luna. El Blossom del Valle, por su parte, es reconocido como uno de los sitios frecuentados por Martí Batres.

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Pero quedarse sólo con los nombres de los políticos sería perder de vista lo importante.

Porque al otro lado de la mesa normalmente no está el adversario político. Están quienes tienen intereses económicos que defender: empresarios de la construcción, desarrolladores inmobiliarios, representantes farmacéuticos, operadores financieros o despachos especializados en abrir puertas donde oficialmente deberían permanecer cerradas.

Los políticos aparecen en la fotografía. Los acuerdos casi nunca.

La geografía del poder tampoco termina en la Ciudad de México. En Guadalajara, La Fuente lleva décadas siendo un punto obligado de la política jalisciense; generaciones de gobernadores, alcaldes y operadores han convertido una cantina tradicional en un espacio para conversar lejos de los reflectores.

Cámara de Diputados

Foto: Cuartoscuro

Los gobiernos cambian. Las mesas permanecen

Pero alrededor de las mesas del poder también hay testigos. Meseros, cocineros, trabajadores de hoteles y restaurantes que durante años han visto entrar y salir a políticos, legisladores y operadores.

Uno de ellos, que pidió reservar su identidad, recuerda haber trabajado en eventos de legisladores en hoteles de lujo de Paseo de la Reforma. Eran reuniones grandes, con salón y privado. El protocolo político convive con algo mucho menos solemne: “Se guardaban las galletas y se las llevaban. Hacían desmadre y medio”, recuerda.

En otros hoteles la dinámica se repetía. Antiguos compañeros le contaban de reuniones políticas donde el precio parecía importar poco.

Las reuniones podían extenderse entre comida, alcohol y conversaciones lejos de cualquier micrófono. Ahí, detrás de las puertas de un salón privado, la política adquiría una dinámica muy distinta a la que después aparecía frente a las cámaras.

Y esa misma fuente recuerda otra escena, esta vez durante la pandemia. Mientras restaurantes cerraban, miles de trabajadores perdían sus ingresos y buena parte del país estaba encerrada en casa, desde Presidencia seguían llegando pedidos. Para él significaron, literalmente, una fuente de ingresos:

“En la pandemia, Presidencia pedía ‘menús a domicilio’ de 300 pesos; eran entre 20 a 50 menús dependiendo el día. De eso sobreviví a la pandemia”.

Los coordinadores de las bancadas en el Congreso de la Unión, Carlos Puente y Manuel Velasco

Foto: Cuartoscuro

Puede parecer una anécdota pequeña frente a las grandes negociaciones políticas, pero retrata algo que normalmente queda fuera de la historia oficial: alrededor del poder existe toda una estructura de trabajadores que termina viendo una parte de la política que nunca aparece en las versiones estenográficas.

Y son, muchas veces, testigos accidentales de cómo funciona.

Los periodistas de fuente lo saben mejor que nadie. Las mejores historias rara vez empiezan en una conferencia de prensa.

Muchas exclusivas empiezan con una servilleta. Con una conversación escuchada al pasar. Con una reservación inesperada. Con el empleado que reconoce a quienes entraron a un privado. O con la fotografía de dos personajes que, públicamente, aseguran no tener nada que negociar.

Pensar que esto nació con la política contemporánea sería un error.

Desde el siglo XIX ya existían espacios donde las negociaciones continuaban una vez terminadas las sesiones legislativas. El café Prendes fue uno de ellos. También la cantina ubicada frente al entonces Teatro Iturbide, donde diputados constituyentes seguían discutiendo artículos de la Constitución cuando oficialmente ya había terminado la jornada.

La política mexicana aprendió muy pronto que negociar fuera del salón tenía ventajas.

No había actas.

No había cámaras.

No había versión estenográfica.

Mientras en países como Estados Unidos o Reino Unido el cabildeo terminó regulándose mediante registros públicos y mecanismos institucionales, en México encontró refugio en los reservados de restaurantes y cantinas.

La lógica es sencilla. Un restaurante ofrece algo que ningún recinto legislativo puede garantizar: discreción.

Y esa discreción ha servido durante décadas para construir acuerdos, repartir posiciones, negociar presupuestos o acercar intereses sin dejar demasiados rastros.

Con la tecnología, las redes sociales y las nuevas exigencias de transparencia, el ecosistema político cambió. Pero eso no significa que hayan desaparecido las negociaciones privadas.

Sólo evolucionaron.

Hoy dejaron las servilletas para pasar a chats cifrados, llamadas privadas y cenas donde nunca habrá transmisión en vivo.

La opacidad encontró nuevas herramientas.

Y quizá la mejor muestra de cómo ha cambiado el trabajo legislativo apareció en la propia Cámara de Diputados.

Andy López reunión

Foto: El Universal

La diputada de Morena, Olga Leticia Chávez Rojas, defendió públicamente el uso de ChatGPT para revisar dictámenes de más de doscientas páginas en cuestión de minutos e incluso pidió a quienes la criticaban que se “actualizaran”.

La inteligencia artificial no es el problema. Puede resumir documentos, comparar versiones o acelerar procesos.

La pregunta incómoda es otra.

Si un dictamen necesita resumirse porque ya nadie tiene tiempo de leerlo completo antes de votarlo, ¿qué tanto pesa ya el debate que ocurre dentro del propio Pleno?

Porque una ley de cientos de páginas no debería llegar a votarse en minutos, ni depender de un resumen generado por una plataforma para que sus propios legisladores sepan qué están aprobando.

Es, cuando menos, un síntoma: el de un Congreso que ya no tiene el tiempo, ni quizás el incentivo, de discutir línea por línea lo que firma. Y ese vacío, en un sistema donde tanto se negocia fuera de cámaras, es terreno fértil para que la deliberación real siga ocurriendo en otro lado.

Desde los constituyentes que terminaban sus discusiones frente al Teatro Iturbide hasta los operadores que hoy cierran acuerdos en restaurantes de Polanco o Las Lomas, el patrón apenas ha cambiado.

El Congreso termina siendo, en demasiadas ocasiones, la oficialía de partes de decisiones tomadas en otro lugar.

Mientras las leyes sigan cocinándose entre plato y plato, para después votarse frente a las cámaras como si todo hubiera ocurrido ahí, seguirá vigente una de las contradicciones más profundas de la política mexicana: el poder se ejerce donde nadie lo ve.

Y el debate público, muchas veces, sólo llega para formalizar acuerdos que ya estaban servidos desde el primer tiempo del menú.