
A través de las redes sociales, los actores políticos generan nuevas estrategias para llegar a más electores - Foto: Cuartoscuro
Con las redes sociales y las plataformas digitales, los políticos buscan generar un mayor alcance entre los individuos para ganar simpatías, pero ¿es esto lo que define una victoria?

Cada que arranca un proceso electoral, pasa lo mismo: llenan las calles de propaganda, pintan bardas, nos atascan de volantes y aparecen candidatos tocando puertas, a veces incluso antes de que empiecen oficialmente las campañas.
Pero ahora la propaganda también te persigue hasta en el celular. Abres TikTok y ahí está el candidato bailando. En Instagram te aparece otro intentando hacerse el gracioso. En Facebook te sale un anuncio político y, cuando entras a WhatsApp, alguien ya te mandó un video que jura tener la mejor explicación, claro, según sus creencias. Y ¿de verdad se puede ganar una elección a punta de likes, memes y videos virales? ¿O estamos confundiendo lo viral con votos en las urnas?
Un informe de Research Land lo resume en una frase: “Cambia el formato, no el juego: siempre gana quien controla la conversación”.
A nivel global el 54% utiliza redes sociales y video para informarse, frente al 52% que recurre a la televisión y el 51% que consulta sitios y aplicaciones de noticias.
En México, el 63% se informa mediante redes sociales y una de cada tres personas sigue a creadores de contenido. Según los datos del Digital News Report recopilados en el informe, las cifras globales corresponden a 2026 y las de México, a 2025. O sea, la conversación política ya está en nuestro celular.

Y aunque parezca que TikTok inventó la política viral, esto viene de mucho antes. A principios del siglo XX, cuando buena parte de la población no sabía leer ni escribir, una caricatura podía explicar en segundos lo que un discurso necesitaba páginas enteras para contar.
José Guadalupe Posada y publicaciones como “El Hijo del Ahuizote” usaban el dibujo y la sátira para criticar al poder. No necesitabas leer un tratado político para entender de quién se estaban burlando.
“Básicamente, eran los memes de su época”, dice Pablo Levy, director de Research Land y recuerda otro episodio: en 1908, Porfirio Díaz declaró ante una revista extranjera que México estaba listo para la democracia. La entrevista se reprodujo ampliamente y abrió una discusión que rebasó las intenciones del propio presidente.
Lo describe con una frase: “Fue el primer se hizo viral de la política mexicana, después llegó la radio. Luego la televisión. Y ahora las redes sociales”.
La política siempre ha querido meterse en la conversación. Lo que cambió es que ahora también cabe en tu bolsillo.
Antes necesitabas una imprenta para distribuir una caricatura. Hoy basta con que alguien mande un meme al grupo familiar para que empiece a circular.
Pero ojo: que millones de personas vean un mensaje no significa que estén de acuerdo con él. A ver, una cosa es hacerte viral y otra muy distinta es conseguir votos.
En México hay 99 millones de usuarios de redes sociales, aproximadamente tres de cada cuatro habitantes, según las cifras recopiladas en el informe. También señala que, entre los jóvenes de 18 a 24 años a escala mundial, el 52% tiene a las redes como su principal fuente de información.

Con esos números, se entiende por qué los candidatos quieren aparecer hasta en la sopa. Aunque en las mesas mexicanas no se hable ni de política, ni de fútbol.
Pero también necesitamos que los equipos de campaña conozcan las colonias, escuchen los problemas de cada comunidad, organicen simpatizantes y se traduzca en apoyo a un candidato al salir a votar.
Podemos impactarnos con las miles o millones de vistas. ¿Pero cuántas de esas personas viven en el distrito donde compite el candidato? ¿Cuántas pueden votar? ¿Y cuántas realmente están convencidas?
La pantalla te pone frente al candidato. El trabajo en territorio busca convertir esa atención en participación.
Y tampoco funciona hablarle igual a todo el país. Lo que preocupa en la frontera norte puede ser muy distinto de lo que enfrenta una familia en una comunidad rural de Oaxaca.
Así que la discusión no es si TikTok va a borrar del mapa a los partidos y sus estructuras. La pregunta es cuánto aporta cada cosa.
Y aquí hay otro ingrediente: el enojo también se comparte.
En Colombia, durante el plebiscito por la paz de 2016, Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña del No, describió así su estrategia:
«La estrategia era dejar de explicar los acuerdos y centrar el mensaje en la indignación».
Según el informe, una sola publicación fue compartida 130 mil veces y alcanzó a 6 millones de personas. El No ganó el plebiscito.
¿Eso significa que esa publicación decidió la elección? No podemos afirmarlo sólo con esos números, pero sí preguntarnos: ¿qué pasa cuando una campaña descubre que provocar enojo puede darle más atención que explicar una propuesta?
Un candidato puede publicar algo que genere conversación y a veces “cringe”, pero es muy distinto difundir información falsa para desacreditar a un adversario y en México lo sabemos bien entre noticias falsas, los videos fuera de contexto y las campañas coordinadas, aquí el detalle, ¿quién lo está moviendo y si podemos comprobarlo? Las redes han servido para distribuir propaganda, conectar con nuevos públicos, organizar simpatizantes y hasta documentar una elección. Pero cada caso cuenta una historia distinta.

En Brasil, en 2018, Jair Bolsonaro ganó la segunda vuelta presidencial con 55% de los votos. Tenía apenas ocho segundos de tiempo oficial en televisión, según los datos citados en el informe, y las cadenas de WhatsApp fueron una vía importante para distribuir mensajes de campaña.
En Argentina, en 2023, Javier Milei ganó el balotaje con 56%. El informe señala que sus videos en TikTok alcanzaban alrededor de 8 millones de visualizaciones, frente a las 40 mil que atribuye a los de Sergio Massa. Pero ocho millones de vistas no son ocho millones de votos.
Una persona puede ver el mismo video varias veces, compartirlo para burlarse y ni siquiera tener credencial para votar.
En Filipinas, en 2022, Ferdinand Marcos Jr. obtuvo 31 millones de votos. Según las cifras recogidas en el informe, 72% de los jóvenes de 18 a 24 años lo apoyaba, mientras en TikTok circulaban contenidos que presentaban la dictadura de su padre como una supuesta “época dorada”.
Aquí ya no estamos hablando únicamente de un candidato haciendo videos para caer bien. Estamos hablando de cómo se cuenta la historia de un país y de qué versión termina llegando a quienes no vivieron esos acontecimientos.
Y en Venezuela, en 2024, el celular tuvo otro papel. Según el informe, la oposición consiguió fotografiar y publicar 83.5% de las actas electorales. El documento describe una red construida con testigos y teléfonos móviles:
“Sin radio ni televisión, armaron su propia red de distribución: un testigo, un celular, una foto del acta. El aparato del Estado controlaba los medios; no pudo controlar 25 mil celulares”. En este caso, el celular sirvió para documentar y difundir información en el proceso electoral.
Ahora piensa en esto: ves un vídeo político, te detienes unos segundos, lees los comentarios y quizá hasta lo compartes. Después te aparece otro parecido. Y otro. Y otro. El bendito algoritmo.
Las plataformas utilizan estos sistemas de recomendación que toman en cuenta nuestras interacciones e influyen en el contenido que vemos después. Para una campaña, aparecer una y otra vez en tu pantalla puede ser oro molido. Pero también abre preguntas: ¿quién pagó ese anuncio?, ¿por qué en tu feed?, ¿qué mensaje le están mostrando a otras personas?, ¿cómo sabemos si una tendencia surgió sola o alguien la impulsó de manera coordinada?

En Rumania, en 2024, Călin Georgescu obtuvo 22.9% en la primera vuelta presidencial, aunque el informe sitúa sus mediciones previas por debajo del 5%.
También menciona 25 mil cuentas de TikTok activadas dos semanas antes de la votación, casi 800 de ellas inactivas desde 2016. El proceso electoral fue posteriormente anulado.
El caso plantea preguntas sobre las operaciones digitales y las decisiones de las autoridades electorales. Pero tampoco podemos atribuir todo lo ocurrido a una sola plataforma. Porque una tendencia puede parecer una conversación entre miles de personas. Lo que no siempre sabemos es quién es la mano que mece la cuna y cómo consiguió que ese contenido llegara hasta nosotros.
Y ahora sí, vamos a México rumbo a 2027: ¿quién tiene el megáfono?
Si revisamos las cuentas de distintos actores políticos, encontramos diferencias importantes en su alcance. Según una consulta de Research Land realizada el 14 de septiembre de 2026, Claudia Sheinbaum registraba 6.6 millones de seguidores; Omar García Harfuch, 1.8 millones; Jorge Álvarez Máynez, 1.5 millones; Lilly Téllez, 1.1 millones; Marcelo Ebrard, 876 mil; y Alejandro «Alito» Moreno, 683 mil.
Entre los partidos, el informe registra 1.4 millones para Morena, 1.1 millones para Movimiento Ciudadano, 829 mil para el PAN, 799 mil para el PRI y 220 mil para el Partido Verde.
Es decir, la cuenta de la presidenta tiene más seguidores que las cuentas de esos cinco partidos juntas.
¿Eso significa que tiene más votos asegurados?
No. Estamos hablando de seguidores en Facebook, no de una encuesta electoral. Pero las cifras sí muestran el tamaño de las audiencias que distintos actores políticos han reunido en esa plataforma.
Y hay otro asunto: la pelea por aparecer en tu celular también cuesta dinero. El mismo informe registra 5.2 millones de pesos en anuncios de Meta atribuidos a Jorge Álvarez Máynez durante 90 días, entre junio y agosto de 2026, y lo identifica como el actor con mayor gasto dentro de la comparación que presenta. Así que, además de contar likes, también hay que seguir el dinero. ¿Quién paga para que veamos ciertos mensajes? ¿Cuánto invierte cada actor político? ¿Qué parte de esa publicidad podemos rastrear y fiscalizar?
Pablo Levy plantea tres ideas sobre el rumbo de las campañas:
Las redes permiten llevar mensajes a millones de personas, instalar temas, usar influencers, organizar simpatizantes y difundir información falsa o engañosa. Lo que llamamos propaganda.
Rumbo al proceso del 2027 ojo con quién está detrás de los mensajes que vemos, por qué nos aparecen y qué tanto influyen realmente en nuestras decisiones. El algoritmo puede decidir qué candidato aparece en tu pantalla, pero no en la boleta electoral, ¿o si?