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Hannia Novell señala que a días del Copa del Mundo: los avances, cambios y obras solo durarán algunas semanas. Además de que la evaluación del gobierno capitalino será cuestionada por los ciudadanos

La Copa del Mundo llega a una Ciudad de México urbanamente agotada. Los problemas de la capital rebasaron hace mucho la categoría de incidentes aislados. Hoy son las grietas evidentes de un modelo político que ya tocó fondo.
El entusiasmo por el Mundial contrasta con una realidad cada vez más difícil de ocultar: una capital donde el transporte público resulta insuficiente para la demanda metropolitana, el sistema de drenaje opera al borde del colapso y las fugas de agua potable exhiben diariamente la incapacidad institucional para administrar el recurso más importante de la ciudad.
Las lluvias de cada temporada (que les gusta llamar atípicas) cada año vuelven a mostrar la fragilidad de la infraestructura hidráulica. En esta ocasión fueron apenas dos días de precipitaciones que derivaron en inundaciones, caos vial, estaciones saturadas y colonias afectadas. El problema no es la lluvia. El problema es una ciudad que dejó de invertir oportunamente en mantenimiento profundo y modernización de sus sistemas de drenaje.

La red hidráulica capitalina fue diseñada para una ciudad más pequeña. Hoy opera bajo presión, con tuberías envejecidas, infraestructura subterránea deteriorada y una expansión urbana que nunca fue acompañada de una planeación hidráulica. El drenaje profundo, considerado durante décadas una de las obras de ingeniería más importantes del país, enfrenta niveles críticos de desgaste.
La contradicción es todavía más grave cuando se observa el desperdicio cotidiano de agua potable. En alcaldías como Iztapalapa y Xochimilco, miles de litros se pierden diariamente mientras millones de personas viven con tandeos, baja presión o dependencia de pipas. En algunos casos, las fugas permanecen días enteros sin reparación. En otros, las soluciones son parciales y temporales.
El transporte público tampoco logra responder a la escala de la demanda metropolitana. Millones de personas invierten horas diarias en traslados largos, saturados e inseguros. Aunque existen proyectos de modernización y ampliación, la velocidad del crecimiento urbano superó hace tiempo la capacidad de respuesta institucional. El resultado es una movilidad desigual donde la periferia paga los costos más altos en tiempo, dinero y calidad de vida.

Todo esto ocurre después de casi tres décadas de gobiernos de izquierda en la capital. Desde 1997, la Ciudad de México ha sido gobernada bajo una narrativa política que prometió construir una ciudad más equitativa, sustentable y funcional. Sin embargo, los problemas estructurales persisten. Y algunos, como el agua, el transporte público y la inseguridad entraron ya en una fase crítica.
La administración encabezada por Clara Brugada recibió una ciudad donde las alertas estaban encendidas desde hace años. El problema es que su respuesta fue superficial. Mientras el drenaje se deteriora, las fugas de agua se multiplican y el transporte público sigue rebasado, la apuesta es estética: calles pintadas de morado y el ajolote convertido en una especie de jugador número 13, en la narrativa mundialista.

No se puede hablar seriamente de sustentabilidad cuando el agua se desperdicia en fugas y el drenaje colapsa con lluvias ordinarias. Tampoco puede presumirse modernidad urbana cuando el transporte público sigue siendo insuficiente.
La Copa del Mundo durará unas semanas, pero la evaluación del gobierno capitalino no será su capacidad para organizar un evento global, sino la posibilidad de garantizar condiciones básicas de funcionamiento para una ciudad que lleva años operando al límite.