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El comercio ilegal de cigarros dejó de ser un contrabando fronterizo para convertirse en una industria paralela controlada por grupos delictivos

El comercio ilegal de tabaco dejó de ser un contrabando fronterizo para convertirse en una industria paralela controlada por grupos delictivos que ya no sólo venden cigarros pirata, sino que también deciden qué marcas legales pueden circular, qué tiendas pueden venderlas y bajo qué amenazas operan los pequeños comerciantes.
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El negocio alcanza ganancias anuales estimadas entre 15 mil y 20 mil millones de pesos para al menos siete cárteles, mientras golpea con pérdidas fiscales que van de 13 mil 500 a 35 mil millones de pesos al año y pone en riesgo a consumidores con productos sin control sanitario.
Entre los grupos señalados aparecen el Cártel Jalisco Nueva Generación, el Cártel de Sinaloa, La Nueva Familia Michoacana, el Cártel del Golfo y La Unión Tepito, que operan tanto en la fabricación irregular de cigarros como en el contrabando, la distribución, la extorsión a tenderos y el desplazamiento violento de las marcas formales.
El control no se limita a colocar cajetillas baratas en el mercado. De acuerdo con la información disponible, los grupos delictivos entregan listas de marcas “autorizadas” y “restringidas”, prohíben la venta de cigarros legales como Marlboro o Camel y obligan a tienditas, abarrotes y mercados a exhibir mercancía ilícita bajo amenazas, cobro de cuotas y castigos físicos.
En las zonas bajo mayor presión, los tenderos no venden por decisión propia, sino por miedo. Se reportan privaciones de la libertad, como el caso de un comerciante en Irapuato, además de golpizas, “tablazos”, torturas con sopletes, ataques contra locales y asesinatos de vendedores que se niegan a retirar marcas legales o a recibir el producto impuesto por los grupos criminales.

La presión también alcanza a la cadena formal de distribución. Los delincuentes interceptan camiones en carretera, amenazan a choferes, roban o destruyen mercancía e incluso queman unidades de reparto para impedir que el producto legal llegue a las tiendas. En algunas regiones, esta violencia ha llevado a empresas tabacaleras a retirarse por completo.
El negocio opera por dos vías principales. Una es la producción nacional en fábricas fachada ubicadas en Jalisco, Estado de México y Campeche, donde se elaboran marcas como sin cumplir plenamente con controles fiscales o sanitarios.
La segunda vía es el contrabando internacional de cigarros baratos provenientes de países como China, India, Vietnam, Corea y Emiratos Árabes Unidos. La mercancía ingresa por la frontera sur desde Belice hacia Chetumal, por puertos como Manzanillo y Veracruz, por la frontera norte y por puntos aduanales vulnerables, para después concentrarse en centros de distribución como Tepito, en la Ciudad de México.
Además del robo y la imposición directa, los grupos recurren a la simulación de autoridad. Integrantes se hacen pasar por agentes oficiales, entregan oficios falsos con logotipos del SAT o de la extinta PGR y “decomisan” cigarros legales bajo el argumento de que son marcas prohibidas, con lo que limpian los anaqueles para colocar sus propios productos.
El control territorial y la extorsión a comerciantes se reportan con mayor fuerza en Guanajuato, con casos críticos en Celaya e Irapuato; Michoacán y Guerrero, particularmente en Tierra Caliente; Zacatecas, en zonas como Fresnillo y Jerez; y Tamaulipas, en ciudades fronterizas como Nuevo Laredo y Reynosa. También se señala presión en Aguascalientes, San Luis Potosí, Sinaloa, Durango, Sonora, Chihuahua, Hidalgo, Veracruz, Tabasco, Colima, Campeche y Chiapas.
La Ciudad de México aparece como epicentro de acopio, distribución y decomisos, con Tepito como punto clave para el almacenamiento y salida de cargamentos. En decomisos, la capital supera a entidades como Baja California, Sinaloa y Guanajuato, mientras que Jalisco, Estado de México y Campeche figuran como zonas de producción irregular.

El atractivo del negocio está en la diferencia de precios. Mientras una cajetilla legal cuesta entre 70 y 100 pesos por la carga fiscal, los cigarros ilegales se venden entre 12 y 35 pesos, con precios comunes de 15, 20 y 30 pesos. En zonas como la frontera con Belice, una cajetilla puede adquirirse inicialmente entre 4 y 6 pesos antes de ser revendida.
Esa brecha permite márgenes mayores para toda la cadena ilegal: un tendero puede obtener hasta 30% de ganancia con cigarros ilícitos, frente a alrededor de 10% con producto legal, mientras los mayoristas alcanzan hasta 15% contra 5% del mercado formal.
El costo final lo pagan el Estado, los comercios amenazados y los consumidores, expuestos a productos sin controles de calidad que pueden contener residuos industriales, materiales tóxicos o incluso excrementos.