
El líder y fundador del Cártel de Sinaloa, Joaquín "el Chapo" Guzmán López y Nemesio Oseguera, alias "el Mencho" creador del Cártel de Jalisco Nueva Generación. - Foto: Cuartoscuro / Redes Sociales
De sobrenombres ligados a características físicas como “el Chapo” a claves como “03”, así han cambiado los alias del crimen organizado en México

En las montañas de Sinaloa, en los laboratorios clandestinos de Jalisco o en las estructuras de los grupos criminales, el nombre de una persona deja de tener importancia y es cuando su apodo se convierte entonces en una nueva identidad.
Un “alías” puede marcar jerarquía, generar temor, facilitar la comunicación y, en algunos casos, convertirse en una marca del poder y estatus dentro del mundo criminal.
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Durante décadas, los sobrenombres utilizados por integrantes del crimen organizado estuvieron relacionados con características físicas, animales, lugares de origen o alguna de sus habilidades en particular. Sin embargo, esa lógica comenzó a modificarse conforme las organizaciones adquirieron estructuras más complejas y vínculos internacionales.
Para el doctor Fernando Jiménez Sánchez, profesor, investigador y consultor especializado en seguridad nacional, los alias cumplen una función de pertenencia y jerarquía dentro de las organizaciones criminales.
Jiménez Sánchez identifica una transformación en la manera en que los grupos criminales construyen sus identidades. Los apodos de los fundadores del crimen organizado en México, eran más fáciles de interpretar, mientras que los actuales tienden a ser más breves y crípticos.
“Es una evolución propia del crimen organizado. Los de la vieja guardia eran más descriptivos y ahora son más crípticos, lo que tiene que ver con un proceso de globalización”.

David Saucedo, periodista especializado en crimen organizado y seguridad pública, señala que un alias puede cumplir distintas funciones dentro de las estructuras criminales. Entre ellas está la construcción de estatus, poder y reconocimiento.
El ejemplo más conocido es el de “El Chapo”, líder del Cártel de Sinaloa, sentenciado con cadena perpetua en Estados Unidos. Lo que originalmente identificaba una característica física por la baja estatura de Joaquín Guzmán, terminó adquiriendo un significado completamente diferente para quienes forman parte de su entorno criminal.
“Un alias dentro de las estructuras del narcotráfico tiene varios objetivos, cumple varias funciones. En primer término puede ser una marca de estatus, de poder, de fuerza. Cuando ‘el Chapo Guzmán’ inició su carrera criminal, él recibía el nombre de Chapo por ser una persona de baja estatura. Y era una etiqueta peyorativa, un apodo, sobrenombre. Pero ahora ‘Chapo’ ya tiene una connotación completamente diferente”, dijo.

La construcción de identidades criminales también incorporó elementos propios de las instituciones militares. Jiménez Sánchez ubica un punto de inflexión en “Los Zetas”, organización integrada originalmente por exmilitares y conocida por adoptar estructuras, códigos y elementos visuales asociados con las Fuerzas Armadas.
El especialista explica que los grupos criminales comenzaron a apropiarse incluso de formas de identificación utilizadas por cuerpos militares.
“Hay una mezcla entre la visión de las Fuerzas Armadas y los grupos criminales que surge fundamentalmente con “Los Zetas”. Los indicativos que solían ser para las fuerzas militares empiezan a ser utilizados por las organizaciones criminales.”
La imitación no se limitó al lenguaje. También alcanzó la apariencia y las estrategias utilizadas para operar en territorio.
“Han copiado no nada más el nombre, sino la estrategia y los uniformes para generar una imagen a similitud de las Fuerzas Armadas enemigas. Si una célula criminal se viste y se identifica verbalmente como fuerza armada, también puede pasar desapercibida ante la población civil, aunque siempre usan tenis.”

No todos los sobrenombres están relacionados con jerarquía o pertenencia. Saucedo explica que algunos funcionan como una referencia directa a las capacidades violentas de quien los porta.
Uno de los casos que utiliza como ejemplo es el de Santiago Meza López, alias “el Pozolero”, personaje asociado con la disolución de cuerpos humanos en ácido, miembro del Cártel de Tijuana. En este caso, el apodo estaba directamente relacionado con una actividad criminal específica dentro de la organización.
“En ocasiones los apodos tienen otra connotación. Sirven para denotar ciertas características, la ferocidad, la capacidad que tenga algún sicario, algún elemento del crimen organizado para realizar ciertas actividades. Un apodo muy famoso fue ‘el Pozolero’, que era un personaje que se encargaba de disolver personas en ácido. Tenía una sensación de destreza o una capacidad para tal efecto. Entonces, ‘el Pozolero’ en realidad sí era una etiqueta que denotaba una capacidad que tenía alguien del crimen organizado para realizar cierta labor”, subrayó.

Otra constante en la construcción de un apodo es la utilización de animales asociados con fuerza, ferocidad, velocidad o depredación. Para Saucedo, la presencia recurrente de nombres como “el Tigre”, “el Lobo”, “el Coyote” o “el Águila” responde a la manera en que algunos integrantes del crimen organizado buscan proyectar determinadas características.
“Hay muchos apodos que están vinculados con los felinos y animales silvestres. Decirle a tal jefe de plaza ‘el Tigre’, a tal jefe de sicarios ‘el Lobo’, con animales, canes, felinos que tienen una capacidad, una ferocidad, una energía vital.”
En algunas estructuras criminales, las personas dejan de utilizar apodos descriptivos y han pasado a identificarse mediante números, letras o combinaciones de ambos.
Saucedo explica que esta práctica tiene una utilidad operativa, particularmente en las comunicaciones entre integrantes de las organizaciones criminales. En ese caso, ejemplifica la evolución de los sobrenombres al interior del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

En la organización criminal, su fundador, Nemesio Oseguera Cervantes, abatido en febrero de 2026 durante un operativo de las Fuerzas Armadas y la Secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana, era identificado como “el Mencho”, así como “el Señor de los gallos”, por su afición a los gallos de pelea y su origen: Michoacán.
Tras la caída del “Mencho”, Juan Carlos Valencia, hijastro del líder del CJNG, fue etiquetado como el nuevo líder por parte del Departamento de Justicia y la DEA. Además, se reveló que su identidad al interior del cártel es bajo la clave del “03”.
“Actualmente tenemos nombres clave, prácticamente una letra o un número. Es lo que identifica a muchos liderazgos del narcotráfico. Ahora un ejemplo es Juan Carlos Valencia, él no se hace llamar ‘el señor de nada’. Él es el 03, punto. Y su lugarteniente es Ricardo Ruiz Velasco, el ‘RR’”, señaló Saucedo.

En la base criminal también sobreviven apodos nacidos de la burla, el defecto o la humillación. Fernando Jimenez explica que no necesariamente son elegidos por quien los porta, sino que pueden ser impuestos por otros integrantes.
“Los alias son palabras que se utilizan para definir a la persona ante los demás del grupo y para darle cierto lugar de pertenencia y rango dentro de las organizaciones. Normalmente son dados por alguien más y tienen que ver con alguna característica física, pero también evolucionan conforme la persona va insertándose en el mundo criminal y obteniendo logros”.

Por ejemplo, las organizaciones delictivas locales, suelen tener dichas características. En agosto de 2025, en la Ciudad de México fue detenido Luis Alberto “N”, alias “el Estúpido”, señalado como el presunto líder de la organización criminal “los estupidos”, por su participación en el delito de secuestro agravado.
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Otro de los integrantes de la delincuencia de la CDMX con un alias particular es Lucio Romero “N”, alias “La Marrana”, nombrado así por su sobrepeso y operador del Cártel de Tláhuac en los límites de la capital y el Estado de México, detenido en 2021.

David Saucedo explica que estas etiquetas que parecen un insulto constante operan bajo una lógica psicológica pasivo-agresiva que su verdadero fin es forjar lealtad y camaradería.
“La pandilla se convierte en la nueva familia de sus integrantes y, como tal, son rebautizados”, detalla Saucedo. Es un rito de iniciación callejero. Al abandonar su nombre de pila, dejan atrás su identidad civil para convertirse formalmente en un soldado de la estructura.